Nueva América Central

Todo empieza en nuestras mentes

Más Leyes, menos Estado de Derecho

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Decía Calvin Coolidge —el presidente más subvaluado en la historia de Estados Unidos— que es más importante vetar una ley mala que aprobar una buena. Y es que una ley trae consigo la coacción, la burocracia y los buscarentas, mientras que la ausencia de ley es, en el peor de los casos, el imperio del orden natural de las cosas, de las interacciones voluntarias entre las personas y los valores que las animan.

Si las leyes fueran riqueza, Guatemala sería uno de los países más ricos del mundo. Todos los años se aprueban docenas de leyes con cientos de artículos nuevos y millares de páginas de regulaciones y reglamentos. Es congruente con la visión positivista de nuestra clase gobernante que ve en todo problema social un déficit de voluntad política. El bienestar y la paz social están a solo unos cuantos plumazos de distancia. Medimos la eficacia del Congreso por cuánto legisla, en vez de la calidad de lo que legisla o la efectividad con la que deroga leyes mal diseñadas y contraproducentes como la reciente Reforma Fiscal.

Cuán diferente es la mentalidad de Mark Twain, quien dijo: “la libertad, la vida y la propiedad de ningún hombre está segura mientras el Congreso está en sesión.”

Hay dos leyes ahora en discusión, una que tiene que ver con el “Desarrollo Rural” y otra que reforma el sistema político para introducir cuotas de participación por etnicidad y sexo.

Para entender por qué estas leyes deben rechazarse, debemos aclarar primero qué persigue la ley. ¿Persigue igualdad de derechos o igualdad de resultados? ¿Persigue una justicia ciega, como la de la ilustración clásica de la mujer vendada con la balanza en una mano y la espada en la otra, o busca una “justicia” con los ojos de la ingeniería social bien abiertos?

Lo que debe estar claro es que estos dos conceptos  son mutuamente excluyentes. No puede haber simultáneamente igualdad de trato e igualdad de resultados, porque esto presupone que todos los seres humanos somos idénticos en vocación y aptitudes y que tomamos las mismas decisiones en la vida, lo cual es evidentemente falso. La única forma en que yo puedo conseguir que todos obtengan los mismos resultados es usando la ley para darles un trato distinto.

Precisamente esto es lo que buscan estas dos leyes, codificar en la ley que el gobierno distinga entre dos clases de ciudadanos: una conformado por las víctimas de la discriminación oficial, y otra clase conformada por los beneficiarios de dicha discriminación.  En cuanto a las cuotas de participación, los beneficiarios serían las mujeres y los indígenas mientras que los discriminados serían los hombres y los ladinos. Del ideal meritocrático, donde cada quien consigue el puesto que se gana entre sus pares, pasamos al ideal racista y sexista, donde cada quien consigue el puesto que le concede la lotería genética.

Ni de chiste estoy insinuando que el Congreso actual es una meritocracia. De su falta de representatividad he escrito varias veces, pero no tiene absolutamente nada que ver con la etnicidad y el género. De hecho, el uso de estos criterios hará más difícil conseguir verdadera representación porque restringe la oferta política disponible para los electores.

¿Que hay sexismo y racismo en nuestra sociedad? Por supuesto. Pero tiene tanto sentido codificar estas actitudes como delito como inventar una Ley contra la Envidia. La ley castiga acciones, no pensamientos. El racismo no es una acción. Quienes dicen que lo es, argumentan que el racismo está demostrado en el tangible atraso económico y educativo de las comunidades indígenas, así como su escasa participación en la política.

Diría yo que lo segundo es consecuencia de lo primero, y lo primero es consecuencia de un sinnúmero de factores culturales que poco tienen que ver con el racismo. ¿Acaso son los ladinos quienes mandan a los niños indígenas a que trabajen en vez de ir a la escuela? ¿Acaso es el racismo el causante de la explosión demográfica y la paternidad irresponsable en las comunidades indígenas? ¿Son los ladinos quienes cierran carreteras y se roban insumos mineros para impedir que en sus comunidades se hagan inversiones productivas? Del atraso indígena, 90% es cultura indígena y 10% es racismo, y me atrevo a decir que si se cura lo primero, el racismo se reduce a la mitad.

¿Qué decir de la falta de participación femenina? ¿Sexismo o simple manifestación de las preferencias femeninas en cuanto a su carrera? No hay estudios en Guatemala pero si las mujeres chapinas son como las mujeres del resto del mundo, hay abundancia de evidencia que las preferencias de cada sexo juega un rol preponderante en cuanto a la carrera que escogen y su nivel de participación política. Contradecir una realidad biológica y cultural con leyes no tendrá los resultados intencionados. Habrá más mujeres en el Congreso talvez, pero no mayor representatividad femenina, aun si existiera algo tan absurdo como un “pensar político” propio de las mujeres.

Es tan ilógico pensar que una Ley de Desarrollo Rural conseguirá el desarrollo rural como que una Ley de Desarrollo Nacional conseguirá lo mismo para todo el país. Podemos ponerle todos los nombres bonitos que querramos a las leyes y llenarlas de buenas intenciones, pero no cambia el hecho de que la riqueza de las naciones está determinada por su capacidad de producir bienes y servicios que mejoren la vida de las personas. Una ley no produce nada. Al contrario, una ley como esta habilita a una nueva y costosa burocracia que funcionará como peso muerto sobre la débil economía nacional. Solo la incertidumbre legal sobre las facultades de “reforma agraria” que la susodicha Ley concede al gobierno significará fuga de capitales y empleos.

En este caso debemos seguir el consejo de “Silent Cal” y rechazar estas torpes leyes que contradicen la realidad social y solo significarán más discreción y recursos para una burocracia corrupta e inoperante.

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Written by craguilar

noviembre 28, 2012 at 11:24 am

Prioridades

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Sin importar quien gane las elecciones, un país culturalmente tercermundista seguirá siendo en todos los demás aspectos tercermundista. De Mano Aguada a Mano Dura no hay sino un cambio de estilo. Es el traspaso de mando de una clica corrupta a otra clica corrupta. Algunos beneficiarios cambian mientras que los más astutos y experimentados se adhieren al gasto público cual bálano en el casco de un barco que cambia de capitán cada 4 años. Piénsese en los dueños del cartel de fertilizantes y las medicinas, por mencionar dos ejemplos. Hace un par de años fueron financistas del equipo verde, pero en la última contienda financiaron al equipo naranja. La fortuna siempre les favorece porque el juego está arreglado. Cara, ellos ganan; escudo, nosotros perdemos. Esto de la “democracia” se ha vuelto el mejor negocio en Guatemala: mínimo riesgo, grandes rendimientos. La única barrera de entrada es la moral. Cualquiera sin escrúpulos y un poco de capital para financiar campañas puede participar.

Y aquí es donde regresamos al tema de la cultura, porque en un país habitado por gente sin escrúpulos estas cosas son lo más lógico y natural del mundo. En un país habitado por gente que cree que es su legítimo derecho impedirle el paso a otras personas porque no están recibiendo algo que quieren del gobierno, y por apologistas de este comportamiento, la buena moral es una anticuada sensibilidad. En un país donde la gente acepta una “democracia” que consiste en votar por banderitas que esconden a decenas de parásitos anónimos, solo para que estos parásitos cambien de lealtades antes de sentarse por primera vez en su curul, no sorprende que acepte también las maniobras sucias que los periódicos reportan todos los días y que pasan tan desapercibidas como los 15 asesinatos diarios.

Para muestra, un botón. Entre noticias de toma y destrucción de una prisión de “alta seguridad”, incautación de armas y celulares, y demás síntomas de un sistema penitenciario desfinanciado donde los reos viven en condiciones de hacinamiento y anarquía, se publica un decreto de compra de aviones militares por un costo de $170 millones que servirán para pelear la Guerra contra las Drogas. Sí, la misma Guerra que Otto Pérez calificó como un desperdicio y un fracaso. ¿Cuántas prisiones podrían construirse con $170 millones? ¿Cuántos guardias de seguridad y policías podrían contratarse y capacitarse? Pero eso no importa, porque la prioridad aquí es pagarle a los financistas de campaña. Ah sí, los aviones los vende Embraer de Brasil y el representante de Embraer en Guatemala es el mismo dueño de DISAGRO, el de los fertilizantes. Equipo verde, ellos ganan; equipo naranja, también.

Written by craguilar

noviembre 20, 2012 at 12:26 pm

Totonicapán

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Falacia que anda circulando por lo de Toto: el derecho a la vida es más importante que el derecho a la libre locomoción; por lo tanto no se justifica matar gente para despejar carreteras. QED.

El problema con este razonamiento es que ignora que el Estado de Derecho implica, en última instancia, la posibilidad de aplicar fuerza letal. No es que los agentes de seguridad lleguen con la intención de matar, sino que es el último recurso que el gobierno tiene para aplicar la ley, cualquier ley. Si la fuerza letal no estuviera sobre la mesa, entonces la ley carecería de poder coactivo porque el delincuente siempre podría evadir cumplimiento interponiendo su propia vida. Bajo este concepto no sería permisible dispararle a un asaltante de bancos (porque “el derecho a la vida es más importante que el de propiedad”), ni tampoco dispararle a un reo que se escapa de prisión donde está por defraudación al fisco (porque “el derecho a la vida es más importante que la obligación tributaria”), etc. Cuando un agente de seguridad en cumplimiento de su deber es enfrentado con violencia (como fue el caso de Totonicapán) —sea para liberar carreteras o para detener un robo— su obligación es responder del mismo modo. De lo contrario, cualquiera podría violar la ley a sabiendas que dispersaría a las fuerzas de seguridad tan pronto sacara un arma o pusiera su propia vida en juego.

Written by craguilar

octubre 5, 2012 at 1:30 pm

Publicado en Política

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La Importancia de la Cultura

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La pobreza o riqueza de las naciones es principalmente una función de la cultura. Los recursos naturales no son determinantes (si lo fueran, Hong Kong y Singapur serían pobres y Venezuela sería rico.) Las costumbres, hábitos e instituciones de las sociedades son lo que marca la diferencia, como lo explicó magistralmente David Landes en su libro The Wealth and Poverty of Nations.

Traigo el tema a colación por que acabo de leer este excelente artículo de Jonah Goldberg que contradice la tesis principal de los intelectuales de izquierda, quienes creen que la vía al desarrollo va por “democratizar” la propiedad, o sea repartir la tierra y otros bienes de capital.

Esto entra en conflicto con los hallazgos de un estudio del Banco Mundial del 2006 que encontró que de toda la riqueza del mundo, solo el 5% proviene de “capital natural” (recursos naturales) mientras que el 77% es “capital intangible.”

¿Qué es capital intangible? Es esencialmente la cultura. Todo aquello que le permite a un pueblo como el suizo —sin salida al mar, ni colonias, ni grandes extensiones de tierras cultivables o metales preciosos— ser el más rico del mundo, per capita. Si queremos encontrar una salida a nuestro subdesarrollo debemos identificar aquellos patrones culturales que los suizos poseen y nosotros carecemos. ¿Somos puntuales como los suizos? ¿Somos veraces y confiables en nuestras negociaciones? ¿Somos limpios y ordenados y respetuosos del ornato en nuestras comunidades? ¿Valoramos la educación y la industria más que al ocio y el consumo?

En la era de los magnates de la informática y las telecomunicaciones es un anacronismo hablar de repartición de tierras. Ciertamente puede extraerse riqueza del suelo, pero hoy en día se hace principalmente gracias a avances tecnológicos aplicados en el desarrollo de semillas mejoradas. La riqueza está en ese conocimiento —patentes— más que en la tierra, que en todo caso es escasa en países pequeños como los nuestros. En vez de cansadas promesas de reforma agraria, debemos ayudar a los más pobres a través de la educación, tanto académica como cultural, para que las futuras generaciones tengan las herramientas intelectuales, los hábitos y las costumbres necesarias para crear riqueza.

Written by craguilar

agosto 10, 2012 at 10:27 am

Publicado en Política

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Representatividad

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Circulando entre las iniciativas de reforma a la Constitución, hay algunas que imponen cuotas de participación política conforme a criterios de sexo y grupo étnico. Prescribe una que los listados de candidatos no podrán inscribirse si no se alternan hombres y mujeres. Grupos indigenistas exigen algo similar, demandando un ejercicio previo de clasificación racial al mejor estilo Nazi —que el DPI especifique a cuál grupo étnico pertenece el portador y por consiguiente a qué privilegios exclusivos tiene acceso. Aunque parezca chiste, se asoma también una iniciativa que impone cuotas para “jóvenes”, porque los jóvenes son la mayoría de la población y el Congreso no sería representativo si no comparte su proporción demográfica.

Todo esto es, por supuesto, aberrante y ridículo, y el solo hecho que el Congreso de la República lo esté considerando es una prueba más de la depravidad ideológica e ignorancia de nuestra clase gobernante. En el fondo yace una perniciosa idea que ya he tratado en este blog: que los aspectos hereditarios y biológicos de la identidad confieren representatividad política. La verdad es que el sexo, el color de la piel y la edad no tienen incidencia alguna en la capacidad de representar en el gobierno las ideas e intereses de la comunidad que elige.

Políticamente, una mujer puede ser tan capaz de representar a los hombres que un hombre. Decir lo contrario es machismo del más puro, porque la implicación es que las mujeres son incapaces de pensar como hombres o de gobernar en beneficio de estos. Un indígena es perfectamente capaz de representar los intereses de su comunidad aunque esta sea principalmente de ladinos, y negarlo es racismo porque es lo mismo que negar la capacidad de un indígena de pensar como cualquier otra persona y trascender los confines de su etnicidad.

Hay indígenas socialistas y hay indígenas libertarios. ¿Cómo puede afirmarse que los dos representan igualmente a la comunidad indígena, si sostienen ideas polarmente opuestas sobre cómo gobernar? Y si no hay un “pensar” monolítico entre la población indígena sino una multitud de ideas que se traslapan con la de otros grupos étnicos, ¿qué sentido tiene tomar en consideración criterios étnicos cuando lo que se busca es afinidad de ideas?

Indiscutible que hay una crisis de representatividad en el Congreso, pero no tiene nada que ver con sexo o raza. El problema es un sistema electoral que libra a los políticos de responsabilidad ante la comunidad que supuestamente representan. La culpabilidad radica en los famosos listados nacionales. Bajo este sistema, una comunidad vota no por candidatos sino por banderas, y como los candidatos no están atados a la bandera, el votante al final solo puede castigar banderas (de allí que los partidos políticos desaparecen tan rápido), pero no puede castigar a los candidatos/diputados que se dispersan como cucarachas a otras banderas.

Si se quiere mejorar la representatividad, la solución va por cambiar el sistema electoral a uno donde el diputado electo esté obligado a rendirle cuentas a su comunidad independientemente del partido al que pertenece. Un sistema de votación uninominal por distritos es una buena forma de conseguirlo.

Written by craguilar

agosto 6, 2012 at 11:22 am

Diga NO al etanol

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La gente se muere de hambre en Chiquimula, 48% de los menores en Guatemala padecen de desnutrición crónica —peor que Haití—, la producción nacional de granos es excepcionalmente susceptible a cambios en el clima, y el gobierno propone la brillante idea de usar a los alimentos como combustible.

Bueno, no puede culparse al gobierno de Guatemala de originalidad. En realidad está importando una idea desarrollada hace años en otros países, los cuales están reconsiderándola hoy al observar los terribles efectos que tiene en los precios de los alimentos. La estamos importando en el peor (¿o mejor?) de los momentos —el precio del maíz actualmente está rompiendo records históricos.

En principio sonaba atractivo: usemos fuentes limpias y renovables de energía en vez de los sucios combustibles fósiles que contaminan el medio ambiente.

Excepto que hay un par de problemitas. Uno, que al tomar en cuenta el proceso de producción, el etanol contamina tanto como la gasolina. Dos, que estamos matando de hambre a la gente más vulnerable del mundo.

Sí, cuando un motor quema etanol produce menos emisiones dañinas que la gasolina. Sin embargo cuando se toma en cuenta la menor eficiencia energética del etanol y las emisiones acumuladas durante su proceso de producción, el etanol sale peor parado.

Y si no logramos nada bueno para el medio ambiente, ¿cómo justificar el efecto en los precios de los alimentos? La FAO reconoce que “mientras que los altos precios de las materias primas para producir
biocombustibles benefician a los productores, significan a la vez costes suplementarios y menores ingresos a los campesinos que las necesitan para alimentar al ganado.”

¿Así que vamos a enriquecer a los ya riquísimos productores de maíz en Estados Unidos y a los magnates del azúcar en Guatemala, a costillas de todos los consumidores, la mayoría de quienes son pobres?

En este como en tantos asuntos, el involucramiento del gobierno solo puede empeorar las cosas. Si el biocombustible hace sentido económico, déjese que las fuerzas del mercado lo produzcan, pero que no se impongan mandatos de mezcla ni cuotas mínimas que sólo agravan la desnutrición sin beneficiar ni un ápice al medio ambiente.

Written by craguilar

julio 30, 2012 at 10:48 am

Publicado en Economía

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Aclarando Conceptos

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En este blog se escribe sobre la ecuación Sistema=Cultura=Personas. El sistema está mal porque la cultura está mal, y la cultura está mal porque los individuos carecen de los principios y valores correctos. Mucho del análisis que encontramos en los medios se enfoca en el sistema (violencia, corrupción, ineficiencia), pero no profundiza en las causas. El sistema no puede cambiarse sin cambiar la cultura de la gente. Este es el atolladero infranqueable donde se atascan propuestas como ProReforma, que parten de la pretensión ingenua que un sistema político derivado de una cultura generalizada de corrupción puede acabar con la corrupción.

Aun si no es posible que el gobierno reforme a la cultura —por lo que cualquier proyecto verticalista de “reformar” al país está condenado al fracaso—, es perfectamente posible para un gobierno tomar medidas concretas que repriman aquellas conductas más destructivas exhibidas por algunos segmentos de la población. ¿Cómo sabemos que se puede? Porque lo vemos en nuestros migrantes quienes, al llegar a otro país donde el gobierno reprime efectivamente al comportamiento antisocial, empiezan a comportarse de modo distinto.

En Centroamérica, el centroamericano tira basura a la calle desde sus vehículos. Pero en Estados Unidos, no lo hace porque sabe que de hacerlo existe una alta probabilidad de que le impongan una multa. Si no paga la multa, perderá su licencia de conducir. Y si conduce sin licencia se va a la cárcel.

En Centroamérica, el centroamericano toma calles y destruye propiedad ajena para manifestarse. Pero cuando llega a Estados Unidos, se abstiene porque sabe que de exhibir semejante comportamiento se hará acreedor de una golpiza y una estadía en la cárcel.

Lo interesante de estos ejemplos es que la diferencia no son los principios de los individuos (quienes provienen de la misma cultura) sino de la expectativa de represión gubernamental. Les guste o no, tienen que convertirse en mejores ciudadanos. Podría argumentarse que es imposible que una sociedad como la nuestra —amante del desorden— elija a un gobierno dispuesto a imponer el orden. Pero yo no creo que sea tan difícil, en tanto la mayoría clama por orden aun cuando sus acciones muchas veces reflejan lo contrario. Es posible, aun si improbable, que un gobierno decida darle al pueblo que lo eligió la dura medicina que necesita para civilizarse.

El primer paso que necesitamos dar para conseguirla es depurar nuestro idioma de conceptos erróneos —palabritas mágicas— productos de la pereza intelectual y la viveza de los políticos que lucran con la confusión. A continuación algunos ejemplos:

Represión:  un concepto que en nuestros países asociamos con la soldadesca pateando a manifestantes pacíficos. No es ilógico que así sea considerando nuestra historia de dictaduras militares y sus flagrantes violaciones a los derechos humanos.

Sin embargo, la represión es también la función central de cualquier gobierno. Recuérdese que el principio fundamental de una sociedad libre es que los individuos pueden hacer todo aquello que la ley no prohibe. Por consiguiente, todo lo que no está prohibido por la ley compete a los individuos, mientras que todo lo que está prohibido compete al gobierno. El gobierno es por su naturaleza prohibicionista; está allí para evitar que los individuos hagan ciertas cosas, y evitar que alguien haga algo que desea hacer necesariamente implica reprimir sus impulsos o sus actos.

Violencia: popularmente considerado algo malo en sí mismo, independientemente de su origen, que consiste en herir a otra persona.

En realidad, la violencia en sí misma no es mala. Violencia (no diálogo, ver abajo) fue lo que liberó a Europa de los Nazis. La violencia o la amenaza de la violencia es lo que mantiene a la delincuencia bajo control. No es por nada que los policías andan con pistolas y no con animalitos de globo para los niños.

La violencia es mala cuando se origina en contra de un ente pacífico. La violencia de Hitler en contra de Polonia fue mala, no por ser violenta, sino por ser un ataque con fines ilegítimos en contra de una población pacífica. La violencia con que respondieron los Aliados fue buena precisamente porque su objetivo fue poner fin a la violencia ilegítima de los ejércitos del Führer. Quien diga que “la violencia no resuelve nada” simplemente no ha razonado correctamente.

Curiosamente, quienes se llenan la boca con este aforismo suelen ser las mismas personas que defienden actos de violencia de sus ahijados políticos. Considere quienes defienden a los manifestantes que cierran calles con piedras. Ellos le venden la idea de que la violencia consiste solamente de agredir físicamente a alguien, así que la violencia aparece solo cuando la policía desaloja a los manifestantes. En realidad, la violencia se originó al cerrar una vía pública que otras personas necesitan usar. Si usted transita por esa calle, los manifestantes le negarán el paso y si usted trata por su cuenta levantar las piedras, esto le será físicamente impedido por los manifestantes. Al final, la única forma en que una manifestación “pacífica” de este tipo puede sostenerse es a través de la amenaza o la ejecución de actos violentos en contra de quienes desean pasar.

Diálogo: se cree que es algo intrínsicamente bueno, propio de la democracia (ver abajo), a través del cual deben resolverse todos los conflictos sin importar el costo.

La verdad es que el diálogo es uno de muchos mecanismos para resolver disputas, y no siempre el indicado. El diálogo procede cuando es razonable pensar que una solución dialéctica es superior a otra que no lo es, y esto solo es posible cuando las partes que dialogan tienen la misma legitimidad, tanto moral como por su conocimiento, para aportar positivamente a la solución.

Nadie diría que es constructivo que un padre dialogue con su hijo de 2 años para “negociar” a la hora que el niño debe irse a dormir. Nadie debería proponer un diálogo entre las autoridades de una cárcel y los reos en torno a los requisitos de seguridad en la cárcel. (Aunque, increíblemente, esto pasa en nuestros países.) El niño carece del conocimiento y el reo carece de la legitimidad moral. En ambos casos, el diálogo retrasa y hace más difícil encontrar una buena solución.

Democracia: el máximo valor de nuestra sociedad; se cree que es el único sistema de gobierno moderno, bueno y apropiado para desarrollar las naciones y preservar los derechos humanos.

En realidad, la democracia no es un sistema de gobierno ni un valor moral (como la justicia lo es, digamos) sino una forma de tomar decisiones. Nuestros países no son democracias sino repúblicas. Una república susceptible a decisiones democráticas, sí, pero no una democracia pura donde la mayoría decide sobre todos los aspectos de la vida.

Una república establece (sabiamente) límites a lo que las mayorías pueden decidir en un momento determinado. Sin límites, las mayorías pueden violentar los derechos de las minorías o, en momentos de gran pasión, tomar decisiones inmorales propias de las turbas. Piénsese en El Terror después de la Revolución Francesa —este es el perfecto ejemplo de una democracia pura en acción.

Aunque nuestra república sea democrática, el ejercicio democrático es limitado en tiempo y alcance. El tiempo es aquel en que elegimos a nuestros representantes, quienes usarán su propio criterio (no el nuestro) para decidir sobre cuestiones públicas. El alcance es aquel delimitado por la Constitución. No puede el “pueblo” ni sus representantes hacer aquello que la Constitución no permite, aunque la Constitución misma puede ser modificada a través de un procedimiento que requiere más tiempo y deliberación que la aprobación de una ley ordinaria.

Recuérdese esto cada vez que una turba exija cierta decisión de algún ministro, o que una “consulta popular” dictamine que no aprueba de cierta actividad privada, o que la democracia es un fin en sí mismo cuando en realidad es solo un medio, y que como cualquier medio puede usarse para fines moralmente reprobables.

Written by craguilar

julio 4, 2012 at 12:37 pm

Publicado en Política

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