Nueva América Central

Todo empieza en nuestras mentes

La ONU versus la humanidad

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Por la arrogancia moral con la que la Organización de las Naciones Unidas se pronuncia sobre todos los aspectos de la vida, uno pensaría que tiene un historial impecable. Sus defensores han de creer que se nos olvidó la renombrada Comisión de Derechos Humanos, aquella que en sus años dorados incluyó entre sus miembros a países ejemplares en la promoción de estos derechos, como Cuba, Siria y Sudán. Han de creer que sufrimos amnesia después del escándalo del programa de Petróleo por Alimentos, donde más de 10 mil millones de dólares destinados al pueblo iraquí fueron desviados hacia el gobierno de Saddam Hussein y a los bolsillos de funcionarios corruptos de la ONU. http://en.wikipedia.org/wiki/Oil_for_food

Tras décadas de demostrar la desfachatez ética que resulta de no tener que rendirle cuentas a ningún pueblo, a la ONU –la burocracia supranacional por excelencia– no le queda credibilidad alguna. En efecto, detrás de toda cosa ruin y falsa en este mundo puede hallarse a alguna comisión de las Naciones Unidas, sea la histeria ecologista, el relativismo moral, o la servil indulgencia a las satrapías más infames del planeta. No obstante, la decaída imagen de la institución no es impedimento para que sus representantes sigan proclamando indignidad ante las injusticias –reales o imaginadas– del mundo.

Hoy, los chivos expiatorios son la agricultura industrial y el vilipendiado mercado. El relator de la ONU para el Derecho a la Alimentación, Olivier de Schutter, denunció la “especulación” de productos agrícolas la cual, a su juicio, está detrás de la actual crisis alimentaria. Además de los sospechosos de siempre (Banco Mundial y FMI), acusó a la liberalización del comercio agrícola en África de haber hecho a los africanos “vulnerables a la volatilidad de los precios.” Culpabilizó también por nombre a las empresas estadounidenses Monsanto, Dow Chemical y Mosaic, cuyos beneficios se “disparan” gracias a los patentes que obtienen para las semillas, abonos y pesticidas que inventan. Schutter sentenció que la autorregulación del mercado “no es la solución, sino el problema.”

A De Schutter le caería bien aprender un poco de historia.

El problema del hambre en África no es un fenómeno reciente, ni corresponde exclusivamente a la crisis actual en los precios de los alimentos. En 1985, las catástrofe de Etiopía apareció en el occidente con fotos de africanos famélicos. Para entonces, unas 31 millones de personas se morían de hambre en 14 países africanos. Desde entonces, la ONU ha gastado más de 6 mil millones de dólares cada año en ayuda humanitaria y de desarrollo para África. La mayor parte de este dinero se ha canalizado a través de la Organización de Alimentos y Agricultura de las Naciones Unidas (FAO, por sus siglas en inglés) a programas que subvierten la productividad agrícola, promoviendo una filosofía de desarrollo económico que alienta la interferencia del gobierno en la economía rural y desincentiva al agricultor individual. Subsidiaron gobiernos como el de Etiopía, Libia, Mozambique y Tanzania — todos con sistemas económicos socialistas. A lo largo de los 80’s y 90’s, en vez de promover políticas de mercado, la FAO apoyó proyectos donde el gobierno era el protagonista, excluyendo proyectos del sector privado a pesar de que la evidencia presentada por economistas del Banco Mundial demostraba que estos eran más productivos y conducentes a la seguridad alimentaria. En Etiopía, por ejemplo, el régimen que inició en 1975 persiguió a los grupos productivos, confiscó tierras, creo granjas colectivas y obligó a los productores independientes a que vendieran su producción al gobierno a un precio por debajo del mercado. En vez de promover un cambio político restringiendo la ayuda, la ONU la incrementó, destinando el 90% de su inversión agrícola a las nuevas e ineficientes granjas estatales, las cuales producen sólo el 6% del grano en ese país.

La filosofía de desarrollo de la ONU siempre ha sido que los estados pobres africanos tienen derecho a asistencia monetaria del occidente, rechazando cualquier condicionamiento o noción de que éstos tengan responsabilidad sobre su propio desarrollo. Es razonable esperar que después de más de 30 años de semejante “asistencia”  e incontables miles de millones vertidos sobre gobiernos corruptos y políticas socialistas, África siga siendo vulnerable a las crisis de alimentos.

Escribiendo en el Sunday Times de Londres, la respetada analista Rosemary Righter escribió: “en el campo la FAO se ha vuelto una segunda palabra para mala planificación, mala coordinación e irrelevancia para los campesinos pobres. […] Si el significado de desarrollo es que un proyecto en particular deje a las personas con la capacidad de cuidarse a sí mismas, virtualmente ni un solo proyecto de la FAO sirve al desarrollo.” Sudhir Sen, un ex oficial del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, dijo que la FAO había dedicado mucho esfuerzo a actividades de preinversión en vez de promover desarrollo real. Él escribió “Por mucho, la necesidad más urgente y evidente es inyectar más ciencia y factores modernos de producción — mejores semillas y fertilizantes para mejorar la productividad por hectárea.”

Paradójicamente, veinticinco años antes que De Schutter, la FAO promovió la abolición de patentes en nuevas variedades de semillas, las cuales en su mayoría son diseñadas por compañías y universidades occidentales. Aparentemente, la FAO cree que estas invenciones son la “Herencia Común de la Humanidad”, y que las ganancias de estas semillas deben distribuirse a los países en desarrollo donde sus padres genéticos se descubrieron hace muchos siglos. Tanto De Schutter como la FAO ignoran que si se elimina la posibilidad de futuras ganancias, las empresas no tendrán incentivo para asumir el riesgo requerido para desarrollar nuevas semillas. Es gracias a las patentes que hay científicos e ingenieros agrónomos dedicados al proceso lento, complejo e incierto de encontrar nuevas tecnologías que incrementen el rendimiento por hectárea cultivada.  Es gracias a este esfuerzo, al que la ONU efectivamente se opone, que millones de personas hoy tienen comida sobre su mesa.

Los incrementos sostenidos en los precios de los alimentos no resultan de la especulación sino de la oferta y demanda mundial de granos, y no afecta sólo a los africanos sino a todos los habitantes del planeta. Schutter afirma que para las economías africanas, la apertura les ha significado mayor volatilidad en los precios, pero lo contrario es verdadero: la apertura ha diversificado su riesgo, reduciendo la probabilidad de que el efecto de las sequías ó trastornos políticos en la producción local acabaran por completo con la oferta local.

Como promotora de modelos económicos improductivos, la ONU ha contribuido a reducir la oferta mundial de granos, lo cual explica parcialmente el incremento en los precios. Pero ¿qué ha promovido esta augusta burocracia del lado de la demanda?

Después de Al Gore, el Panel Intergubernamental del Cambio Climático (IPCC) de la ONU es la principal voz de alarma sobre el calentamiento global. De hecho, en el 2007 esta entidad y Al Gore compartieron el Premio Nobel de la Paz “por sus esfuerzos para acumular y diseminar mayor conocimiento sobre el cambio climático provocado por el hombre, y por sentar los cimientos de las medidas requeridas para contrarrestarlo.” Uno de los engendros de la IPCC es el Protocolo de Kyoto, el cual requiere que los signatarios reduzcan la emisión de gases invernadero –en su mayoría emitidos al quemar combustibles fósiles– en un 5% con respecto a 1990, para el 2012.

Para sustituir a los combustibles derivados del petróleo, los gobernantes han favorecido a los biocombustibles, los cuales se fabrican a partir de granos y aceites vegetales. Si bien es cierto que los Estados Unidos no se adhirió al Protocolo de Kyoto, su gobierno ha sido acosado incansablemente por el IPCC y los acólitos de Al Gore, de tal suerte que finalmente en el 2007 Bush firmó una Ley de Energía que subsidiaba la producción de etanol (de maíz.) Además, la ley pide que para el año 2020 la producción se incrementa a 36 mil millones de galones de etanol. Gracias a los subsidios, el mayor exportador de granos del mundo ha abierto 147 plantas de etanol para las cuales asignó el 20% de su producción de maíz en el 2007. Aproximadamente 330 millones de toneladas del grano no fueron destinadas para alimento sino para quemar como combustible de carros y camiones, con el propósito de satisfacer las susceptibilidades ambientalistas exacerbadas por la ONU. Mientras tanto, en el último año el precio del maíz ha incrementado un 100%, motivando a los agricultores estadounidenses a sembrar maíz en vez de otros cultivos como el trigo y el frijol de soya, lo cual ha reducido la oferta de éstos.

El señor De Schutter pretende distraernos del bochornoso papel que su organización ha jugado en provocar esta crisis, con el humo y los espejos del “mercado” y los “especuladores.” La evidencia conspira en su contra. Basta ya de hipocresía, de demagogia y de burocracias distantes que destruyen más cultivos que una plaga de langostas.

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Written by craguilar

mayo 3, 2008 a 5:16 pm

Publicado en Economía

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