Nueva América Central

Todo empieza en nuestras mentes

El Monumento al Comunismo

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Cuando uno piensa en el comunismo, muchas imagenes se vienen a la mente: el Kremlin, la hoz y el martillo, la cara redonda de Mao. Para la izquierda nostálgica, evoca las desgarrantes notas del himno de la Unión Soviética (hoy de Rusia por demanda popular, y sin el tributo a Stalin en la letra), la mirada revolucionaria del Che y los exquisitos delirios de la juventud. La derecha recuerda con recelo al muro de Berlín, las matanzas de Pol Pot, el Gulag y la guerra de guerrillas. Paradójicamente, algunos anticomunistas extrañan al comunismo porque en la oposición a este radicaba su raison d´etre. En efecto, la derecha sufrió una especie de crisis existencial después del colapso del bloque comunista, lo cual explica el auge de la Tercera Vía y, posteriormente, del populismo.

De todas las imagenes inspiradas por el comunismo, hay una en particular que lo sintetiza y captura su esencia. Los que la crearon hacen grandes esfuerzos por ocultarla; les causa demasiada vergüenza.  No, no me refiero a la momia de Lenin, exhibida en la Plaza Roja desde 1924. Estoy hablando de algo mucho más grande, monumental y horroroso; una abominación que nunca debió existir. Construirlo costó inconfesables riquezas, pero no ha hecho a ni una persona más rica, ni más feliz, ni más segura. No ha cumplido el propósito para el que fue concebido ni propósito útil alguno; sólo ha sido fuente de pobreza y desolación. Es, en suma, la representación perfecta del comunismo.

Swissotel The Stamford en Singapur

Swissotel The Stamford en Singapur

Como tantas otras mega obras, ésta se gestó en la mente de un dictador megalómano. Cuando una empresa de Corea del Sur terminó la construcción del hotel Westin Stamford en Singapur –en ese entonces el hotel más alto de Asia–, el dictator de Corea del Norte, Kim Il-Sung, se sintó personalmente desafiado. Como su hijo Kim Jong-il,  il-Sung sufría de un complejo de inferioridad que lo motivó a crear un culto a su personalidad a lo largo de los 46 años que estuvo en el poder. (En Corea del Norte se le llama simplemente “Gran Líder” y la constitución lo designó “Presidente Eterno.”) Fue así como en 1987 inició la construcción de un hotel en Pyongyang cuyas dimensiones eclipsarían el logro de sus enemigos capitalistas.

Veinte años y aproximadamente 750 millones de dólares (2% del PIB de Corea del Norte) después, el hotel Ryugyong es un edificio fantasma que nunca abrió sus puertas. Con 330 metros de altura, es por mucho el edificio más alto de Pyongyang y es visible desde cualquier punto en esta ciudad. Cuenta con 105 pisos, 3,000 habitaciones y 360,000 metros cuadrados de espacio interior, todos desocupados. De hecho, ni siquiera fue completado porque los ingenieros determinaron que el diseño aparte de espantoso era inseguro, y no certificaron su habitabilidad. El viento que atraviesa toda la estructura (las ventanas nunca fueron colocadas) produce un ruido espectral que eriza el pelo de los transeúntes.

Si Drácula hubiese sido arquitecto, el hotel Ryugyong sería su magnus opus. Por consenso universal, los expertos se han manifestado en contra de este esperpento, al cual han dado por llamar el Hotel Fantasma, el Hotel Doom y, según la revista Esquire, “el Peor Edificio en la Historia de la Humanidad.” Sus paredes de concreto se elevan en ángulos de 75 grados y forman tres picos filudos. Fue concebido como una demostración del poderío norcoreano, por lo que no se hizo ni el menor intento de darle calidez humana ó de armonizar sus grotescas dimensiones con el entorno. El edificio no invita sino amedrenta; sus dos picos laterales parecen los brazos de un vampiro gigante ofreciendo el abrazo de la oscuridad eterna.

Es una visión tan inquietante que en las fotos oficiales de la capital norcoreana, el gobierno borra al edificio con Photoshop. No es primera vez que los comunistas editan su propia historia para que sea leída con anteojos color de rosa. Los escritos de Lenin, por ejemplo, fueron restringidos en la Unión Soviética a partir de los 1930s porque contenían algunas ideas que eran distintas a las promulgadas por Stalin. Como el dogma era que tanto Lenin como el Comité Central eran infalibles, era necesario suprimir cualquier contradicción entre estos. Trotsky criticó a esta censura por considerarla una deificación de seres humanos imperfectos, opinión duramente recibida por los estalinistas cuyo contraargumento fue clavar un pica hielo en el cráneo de Trotsky.

El gobierno norcoreano es asiduo creyente en el poder de la deificación de los gobernantes. En los Juegos de las Masas, celebrados en los cumpleaños de Kim il-Sung y Kim Jong-il, el gobierno organiza a más de 100,000 personas, entre gimnastas y acróbatas, para glorificar a los dos grandes líderes. Como en otros países comunistas, el gobierno controla todos los medios de comunicación y enseña solo la versión de las noticias y la historia que le favorece. Por ejemplo, Corea del Norte enseña que Corea del Sur es un país controlado por los Estados Unidos a través del dominio militar, que cualquier surcoreano que intente cruzar la frontera para reunirse con sus hermanos del norte sería acribillado por los estadounidenses, y que en Corea del Sur hablar o leer sobre Corea del Norte es un crimen castigado con la muerte. Es natural, entonces, que en Corea del Norte nadie quiera hablar sobre el edificio que pone en evidencia el fracaso de su sistema y la incompetencia de sus líderes, y que las autoridades se esfuercen mucho por ocultarlo.

El Hotel Fantasma es un ejemplo perfecto de la producción en una economía centralmente planificada, donde la asignación de recursos se hace arbitrariamente conforme a decisiones políticas. Corea del Norte es un país muy pobre, donde se restringe la visita de extranjeros y el turismo no existe. ¿En qué mente febril cupo que era necesario construir un hotel con 3,000 habitaciones? En un sistema de libre mercado, donde el cálculo económico se fundamenta en las preferencias reales de las personas, el Ryugyong jamás habría visto la luz del día.

En las ciudades soviéticas se construyeron cientos de bodegas con el propósito de rellenar con cachivaches que nadie quería o nadie podía usar, como tostadores de pan en un país sin pan, pero que debían seguir siendo fabricados por decisión del Gosplan en Moscú. La ineficiencia económica era tal que, por primera vez en la historia de la humanidad, se fabricaban cosas cuyo valor era inferior a las materias primas usadas en su fabricación. Es decir, habría sido mejor para la Unión Soviética vender en el mercado el hierro y el plástico que las tostadoras fabricadas con estos materiales. De igual manera, es evidente que para Corea del Norte habría sido mejor tener los 750 millones de dólares para alimentar a sus ciudadanos famélicos, o bien los materiales para construir viviendas, escuelas y hospitales, en vez de un hotel incompleto, abandonado e inútil.

En todos sus aspectos, el hotel Ryugyong representa lo absurdo del comunismo. Como la ideología inspirada en los textos delirantes de Marx, no es solo un fracaso sino un gigantesco, costoso y estrepitoso fracaso. Como el comunismo, es un artefacto del materialismo y la fe ciega en la razón; es inhumano, mecanizado e intolerante. Cuando alguien ve al edificio, piensa lo mismo que hoy pensamos cuando recordamos al comunismo: “¿en qué diablos estaban pensando?” El comunismo fue un ambicioso experimento en el que se pretendió demostrar que la planificación central a gran escala, el control político de la economía y las personas, y la minuciosa regimentación de todos los aspectos de la vida conducirían a una utopía donde todos los seres humanos serían iguales y felices. El hotel Ryugyong fue un ambicioso proyecto cuyo objetivo fue demostrarle a Corea del Sur y al mundo la superioridad de este sistema.

La historia del comunismo es la historia del Ryugyong. No pudo ser completado porque el financiamiento se secó en 1992, cuando ya no existían los subsidios de la Unión Soviética. La caída del Imperio del Mal terminó con las esperanzas del coloso. Alguna vez el pueblo de Corea del Norte se liberará del yugo de sus amos y gozará los frutos de la libertad. Espero que cuando esto ocurra, los norcoreanos no decidan demoler al horror de Pyongyang, sino que lo conserven tal como se encuentra hoy para que sirva de memorial y testamento a la grandísima estupidez que fue el comunismo. Así, tal vez, cuando en el futuro nos aburramos otra vez del derecho natural y su órden espontáneo, recordemos lo que pasó la última vez que nos dejamos llevar por el canto utópico de las sirenas.

Pyongyang, Corea del Norte

Hotel Ryugyong

 
 Pyongyang, Corea del Norte
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Written by craguilar

julio 19, 2008 a 11:23 am

2 comentarios

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  1. “¿qué diablos estaban pensando?”

    Interesante Artículo.

    Alejandra Cotto

    agosto 5, 2008 at 10:05 pm


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