Nueva América Central

Todo empieza en nuestras mentes

Vienen las Olimpíadas, qué emoción…

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En pocos días se inaugura en Pekín la edición 2008 de los Juegos Olímpicos. Los medios y los patrocinadores trabajan horas extra para excitarnos a todos con la gesta, mientras el gobierno chino configura las últimas restricciones de su firewall y engrasa las orugas de sus tanques (por aquello de las moscas.)  Discúlpenme si no estoy conmovido con toda esta alharaca.

Todo sobre las Olimpíadas apesta a libreto. Generalmente, éste se circunscribe al mantra de que son “el evento histórico donde todas las naciones del mundo olvidan sus diferencias y se reúnen en el espíritu de sana competencia.” Ahora en China, el libreto específico –cocinado por el régimen comunista con la bendición del Comité Olímpico Internacional– pretende enseñarle al Occidente cuánto ha avanzado la República Popular desde la época de los trajes Mao y las bicicletas. Hoy hemos de maravillarnos de la limpieza de sus modernas ciudades, las imponentes estructuras cuyo cemento aún se seca, y el órden Orwelliano que administran los herederos de la Revolución Cultural.

Tristemente, ni las Olimpíadas son el ojo en el huracán de la política mundial, ni China ha logrado convertirse en el país que finge ser.

No existe una línea continua entre el torneo registrado en el siglo VIII A.C. en Olimpia, Grecia, y el espectáculo que hoy todos conocemos. La Roma cristiana proscribió los juegos paganos a fines del siglo IV y no fue sino hasta 1,500 años después que un aristócrata francés decidió resucitarlos. Con este fin creó el Comité Olímpico Internacional, el cual de un adorable feto burocrático a principios del siglo XX creció hasta convertirse en un gigantesco elefante blanco que, sin contar sobornos, cobra más de 50 millones de dólares al año sólo para administrarse a sí mismo.

Uno de los principios de la Carta Olímpica es “colocar al deporte al servicio del desarrollo armonioso del ser humano, procurando promover una sociedad pacífica preocupada con la preservación de la dignidad humana.”  En la historia abundan los ejemplos que contradicen a esta elevada aspiración. El más notable es quizá el de las Olimpíadas de 1936 en Berlín, las cuales debieron llamar Primer Gran Festival Nazi en deferencia a la verdad.

No obstante las buenas intenciones de la Carta Olímpica, los Juegos son como esas cenas familiares donde lo que se consigue es exactamente lo opuesto a lo que se busca. En vez contribuir a limar asperezas entre los invitados, son ocasiones para que estas reflorezcan en una orgía de humillación y resentimiento.

Los Juegos han estado plagados de controversias políticas. Cuando los soviéticos invadieron a Afganistán, los estadounidenses no participaron en los Juegos en Moscú de 1980. Los rusos devolvieron el favor boicoteando a las Olimpíadas celebradas en Los Ángeles. Esto a pesar de que el bloque comunista le daba mucha importancia al medallero olímpico, como si este fuera una demostración de la superioridad de su sistema. Los atletas de Alemania Oriental ganaban toneladas de medallas que el régimen usaba como propaganda comunista. Fidel Castro y sus acólitos se ufanan desde hace décadas del oro olímpico traído a Cuba, todo mientras su país se va en el inodoro. 

Se habla mucho de los hooligans del fútbol, pero la violencia en el Mundial no se compara con lo que ha ocurrido en las Olimpíadas. La película Munich cuenta la historia verídica de la representación israelí que fue secuestrada y asesinada por terroristas palestinos. En Atlanta 1996, un terrorista detonó una bomba que mató a 2 e hirió a otros 111.

El evento en sí es carísimo. Los Juegos en Pekín serán los más caros de la historia, con un gasto esperado de más de 40,000 millones de dólares distribuido entre gastos de organización e infraestructura deportiva.  Los estudios ex post han demostrado que la inversión en este tipo de mega eventos no tiene un impacto sostenido en los ingresos del país. Esto es especialmente cierto en este caso porque, a diferencia de otros grandes eventos deportivos, las Olimpíadas son financiadas principalmente con los impuestos pagados por los contribuyentes en el país anfitrión. Se gasta porque el gobierno dice que se gasta y al diablo con las consideraciones económicas.

Evidentemente, los comunistas chinos consideran esta erogación masiva de dinero como una inversión en su propia imagen. Y sobre esto se puede declarar enfáticamente –previo a encender la gran antorcha–, que ha sido un rotundo fracaso. En todos los medios de comunicación se ha publicado noticias sobre el incremento en represión que usa a las Olimpíadas como pretexto. “Limpiaron” sus calles de indigentes e indeseables, según Amnistía Internacional. A pesar de que prometieron no aplicar ningún tipo de censura, ya sentenciaron que ciertos sitios de Internet no serán accesibles y que habrá lugares off-limits para los periodistas. Supongo que es difícil enseñarle trucos nuevos a un perro viejo. Los comunistas quieren mostrar un reluciente can, pero –entre las grietas– todo el mundo podrá ver las pulgas de este viejo chucho rojo.

Si no hace sentido político ni económico, ¿tiene algún valor deportivo? Después de todo, este es el objeto primordial del evento. Lastimosamente, hasta en este aspecto las Olimpíadas dejan mucho que desear. Pesan demasiado en la memoria los escándalos de dopaje, siendo el más reciente el de la estadounidense Marion Jones. La mayor audiencia se concentra en la ceremonia inaugural, que es toda pompa. Luego, las atracciones principales son aquellos deportes, como el fútbol y el baloncesto, que tienen sus propios torneos. De hecho, todas las grandes ramas deportivas tienen torneos independientes que concentran la atención de los aficionados y la dedicación de los atletas. En las Olimpíadas, el equipo de fútbol masculino sólo puede contar con jugadores de 23 años o menos. ¿Le importará a los aficionados de Italia y Brasil lo que hagan sus niños en Pekín? Tiene más audiencia un juego de preeliminación para el Mundial.

Debo reconocer que hay algunos “deportes” que no recibirían su cuota de gloria si no fuera por las Olimpíadas. Por ejemplo, el nado sincronizado, el cual requiere uso de maquillaje y gelatina para el cabello. También está la canoa o kayak ( en dos eventos: agua calmada y slalom), ping pong -perdón, tenis de mesa-, bicicleta de montaña, trampolín y navegación en vela. En un mundo mejor estos serían llamados pasatiempos y no deportes. No podemos dejar fuera a Hungría, la gran potencia del pentatlón, ese deporte que combina el esgrima con el tiro de pistola con la natación con el salto ecuestre con carrera a campo traviesa. Estoy seguro de que jamás fue concebida una combinación más perfecta y exhaustiva de destrezas, pero, ¿merecerá el gasto de 40,000 millones de dólares?

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Written by craguilar

agosto 1, 2008 a 6:20 pm

4 comentarios

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  1. Comparto tu falta de entusiasmo. Las olimpiadas de Pekin se me hacen como las de Berlin, en tiempos de Hitler. En el fondo son un acto de apaciguamiento y de combardía moral. Saludos

    Luis Figueroa

    agosto 2, 2008 at 9:37 am

  2. Hace como 2 dìas, una persona muy cercana a mì, me abriò los ojos, con respecto a la pobreza de este pais. Comparto la opiniòn, y la verdad no estoy en contra de los juegos olimpicos, si no en lo que la gente lo ha convertido. y no me parece para nada que un pais que tiene el segundo grupo màs grande de pobres despues de India en el mundo, estè gastando estas cantidades exorbitantes de dinero, solo para “verse bien”. Què clase de mensaje es ese ¿?

    Alejandra Cotto

    agosto 4, 2008 at 8:45 pm

  3. […] el mejor basket otra vez en Madrid. &l.. Un año pistoleando « El blog del Pistolero Vienen las Olimpíadas, qué emoción… « Nueva América Central Desde los balcanes « Historia Deportiva Mensaje de bienvenida « Srfil’s Blog […]

  4. YO PIENSO QUE CADA DEPORTE TIENE SU LADO BUENO Y A MI SI ME GUSTAN LOS DEPORTES COMO EL FUTBOL PERO A MI ME GUSTA JUGARLO AHORA VERLO NO MUCHO PERO DE ALLI TALVEZ UN POCO PERO LO QUE MAS ME AGRADA ES JUGARLO.

    Jeshua

    agosto 5, 2009 at 3:31 pm


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