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McCain, Obama, y una muerte anunciada

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He estado siguiendo con mucho interés las elecciones en los Estados Unidos. Las creo importantes no solo porque el resultado afecta a todos –de esta cuenta que el editorial de un periódico belga exigiera derecho de voto para todo el mundo–, sino porque en ellas se dilucidan las tendencias predominantes en el pensamiento político actual.

Más interesante que el debate entre Obama y McCain es el debate entre los seguidores de estos, quienes, desembarazados de la necesidad electorera de atraer al “centro” político, adoptan posturas ideológicas más coherentes. Incluyo entre estos a la prensa mainstream, la cual en esta elección botó cualquier pretensión de imparcialidad para favorecer abiertamente la candidatura de Obama.

De este debate público infiero la preocupante conclusión que encabeza esta nota. No, la “muerte anunciada” no es la de Barack Obama, profetizada por los aficionados a teorías de conspiración. La muerte es la de la libertad y del sistema económico de libre mercado, condenados por un estatismo insoslayable.

Lo que ha ocurrido en los Estados Unidos desde mediados del siglo XX es un crecimiento sostenido en el tamaño y atribuciones del gobierno. Tanto Demócratas como Republicanos han contribuido a alimentar y engordar a este Leviatán, si bien los primeros con mayor avidez que los segundos. No obstante, administraciones Republicanas como la de George W. Bush y hasta la de Reagan vieron al gobierno central crecer durante su período. Es evidente que, a pesar de toda la retórica que se derrocha en contra de la burocracia, esta continúa haciéndose más numerosa, más poderosa y más costosa.

¿Cómo se explica este irrefrenable estatismo? La respuesta puede apreciarse en la contienda McCain-Obama, bajo el popular paradigma que el gobierno “debe hacer algo” para resolver todos los problemas del mundo.

Los votantes están condicionados a esperar acciones positivas de su gobierno para mejorar su situación económica, su educación y su salud. Se espera que tanto Republicanos como Demócratas hagan el “people’s business.” Si el Congreso no emite nuevas leyes, es un “do-nothing Congress.” Si ante una recesión económica el presidente no sale a rescatar bancos quebrados o a regalar dinero, se le tacha de negligente e insensible.

¿Dónde están las propuestas específicas para paliar la crisis económica?, le increpan a McCain por limitarse a enunciar principios abstractos de buen gobierno. En su discurso en la convención Republicana, Mitt Romney propuso regresar a los principios conservadores de bajos impuestos, gobierno limitado y bajo gasto público. Esta propuesta fue ridiculizada por analistas como Bill Schneider, de CNN, quien opinó: “estas respuestas parecen ser parte del pasado: recortar el gasto, bajar impuestos. En verdad necesita un plan económico nuevo y más osado…. Si los votantes escogen entre los dos hombres, probablemente escogerán a McCain. Si escogen entre dos políticas, creo que Obama tiene la ventaja; las suyas son más nuevas, más inteligentes y más frescas.”

Políticamente, pareciera que no hay idea más rancia que el libre mercado. ¿Qué candidato quiere argumentar que no tiene ningún maravilloso proyecto gubernamental para crear empleos? Ciertamente no hay nada nuevo en decir que los mecanismos del mercado deben funcionar sin obstrucciones para optimizar la asignación de recursos en la economía. No hay nada fresco en proponer un regreso al laissez faire del siglo XIX.

Obama, el organizador de la comunidad, propone ideas nuevas y excitantes, como incrementar los impuestos de los “ricos” y las empresas, y destinar estos fondos a proyectos de energía alternativa, salud universal, subsidios, e incrementos salariales a los vastos ejércitos de burócratas federales. Obama tiene un distinguido equipo de asesores innovadores, dedicados a tiempo completo a encontrarle destinos interesantes al dinero de los contribuyentes.

En contraste, los liberales clásicos, constreñidos intelectualmente a la idea que la maximización de la utilidad social resulta de dejar la mayor cantidad posible de riqueza en manos de quienes la crearon, no pueden proponer cosas muy emocionantes para el gobierno. Salvaguardar los derechos individuales, dar seguridad, administrar la justicia. Zzzzzz. “Pero si hay una crisis económica, las personas están perdiendo sus casas, los bancos están quebrando, !hagan algo!”

De esta perniciosa dinámica resulta que los Republicanos, cuya doctrina se opone al protagonismo gubernamental en la economía, deban siempre estar vendiendo algún intervencionismo para mejorar su palatabilidad política.

El problema es que el gobierno se engrandece fácilmente, pero es casi imposible reducir su tamaño. Los programas crean constituyentes, buscadores de rentas, sindicatos atrincherados. Los beneficios son concentrados, pero los costos dispersos. Poco a poco, sectores más y más grandes de la sociedad se van convirtiendo en clientes del Estado. La libertad económica y, en un sentido más amplio, la libertad, pierden progresivamente terreno hasta el tiempo de la gran crisis y los terribles dolores del cambio, como está empezando a ocurrir en las naciones socialistas europeas.

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Written by craguilar

septiembre 5, 2008 a 4:47 pm

Publicado en Política

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