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Payasadas financieras

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El circo vino al pueblo. La debacle financiera ha suscitado una explosión de pintorescas opiniones que emergen de la crisis como veinte payasos de un carrito. De repente todos se creen economistas, pronunciándose con inexpugnable autoridad sobre conceptos complejos como el crédito y el riesgo. Profieren trillada necedad como si fuera la preclara verdad.

De todo este barullo se alcanza a distinguir solo dos cosas: la una, que el problema es la “avaricia” de los protagonistas en Wall Street; y la otra, que la solución es más regulación gubernamental de los mercados financieros.

No hay duda que el plan propuesto por Henry Paulson y apadrinado por Ben Bernanke es un sable apuntado al corazón del capitalismo estadounidense. Republicanos conservadores como Newt Gingrich lo han atacado como lo que es: un apropiamiento masivo de los mercados financieros por parte del gobierno. Este “bailout” (plan de rescate), considerado en conjunto con la compra de AIG y el respaldo de los activos de Bear Stearns, podría terminar costando un billón de dólares (un millón de millones), algo sin precedentes. A este momento sólo 4 Republicanos de la Cámara de Representantes han hecho público su apoyo al plan tal como fue presentado por Paulson. Como es lógico esperar, muchos más Demócratas son anuentes a un plan de este tipo, pero muchos otros se oponen porque políticamente no les conviene alinearse al impopular presidente Bush.

El remedio será peor que la enfermedad, porque no es ni la “avaricia” ni la desregulación de los mercados financieros lo que generó esta crisis.

En primer lugar –como explica en su columna de Siglo XXI Carroll Ríos de Rodríguez, citando a otro economista–, “si un número inusualmente alto de aviones se choca en una semana, ¿le echamos la culpa a la gravedad? No. La codicia, como la gravedad, es una constante. No explica adecuadamente por qué han habido más choques en esta semana que en otras.” Tanto Obama como McCain se han dedicado a culpar a la “avaricia” de Wall Street, como si esta no hubiese existido antes, y como que si estuviéramos ante un problema de la naturaleza humana y no de política económica.

Por otra parte, el “riesgo moral” que inició la crisis tiene sus raíces en el gobierno. A partir de la Gran Depresión (hecha “Grande” por el New Deal), el gobierno estadounidense se ha embarcado en el proyecto de incrementar la proporción de estadounidenses con casa propia. Con este fin político creó empresas mixtas como Fannie Mae y Freddie Mac, las cuales negociaban con hipotecas de alto riesgo (deudas con bajo colateral y garantías), arriesgando demasiado gracias al respaldo implícito del Tesoro de los Estados Unidos. Combinar ganancia privada con riesgo público es el caldo de cultivo perfecto para decisiones imprudentes. Asimismo, se aprobó una “Ley para la Reinversión de la Comunidad” que obligaba a los bancos a dar préstamos hipotecarios a personas que no llenaban requisitos tales como la capacidad de pago e historial crediticio, con el propósito de mejorar la situación económica de las minorías étnicas. Una de las asociaciones para las que trabajó Barack Obama durante sus días como agitador social, denominada ACORN, usaba esta ley para extorsionar a instituciones financieras para que desembolsaran más préstamos imprudentemente.

A estas decisiones políticas debe agregársele la decisión (también política) de la Reserva Federal de reducir las tasas de interés a 1-2% durante la primera mitad de esta década, propiciando un crecimiento económico fundamentado en variables monetarias en vez de variables reales. La mayor parte de este crecimiento se canalizó hacia la burbuja inmobiliaria que estalló hace algunos meses.

Lo más probable es que alguna versión diluida del plan Paulson se vuelva ley. Quizá resuelva momentáneamente la crisis, reestableciendo la confianza al crear un mercado para los miles de millones de deuda basura que los bancos no pueden enajenar. Pero tarde o temprano la sociedad tendrá que pagarlo de alguna forma. No hay almuerzo gratis. Lo correcto en este caso –como casi siempre en la vida-, es lo doloroso. Las personas y empresas deben sufrir las consecuencias de sus decisiones. Muchas empresas quebrarán – es cierto-, pero de las cenizas renacerá una economía más fuerte, más sólida, con la confianza de que los que sobrevivieron valen lo que el mercado dice que valen. Es la esencia de la destrucción creativa, una parte inextricable del sistema capitalista.

Desafortunadamente, la destrucción creativa no es una doctrina políticamente correcta. Si bien es cierto que el libre mercado está condenado a la extinción en un sistema democrático donde no existen límites constitucionales a la redistribución del ingreso (lean mi post del 5 de septiembre), porque los beneficios se concentran en grupos de presión efectivos mientras los costos son dispersos en toda la sociedad, esto no quiere decir que el sistema de libre mercado dejó de ser intelectualmente válido. ¡En todo caso, la democracia es la defectuosa! A pesar de esta y otras crisis, el sistema capitalista sigue floreciendo, mientras los sistemas de planificación central yacen en el cenicero de la historia, excepto en recintos miserables como Cuba, Corea del Norte y, próximamente, Venezuela, donde por el incontenible ego de sus respectivos déspotas se persiste en el error.

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Written by craguilar

septiembre 24, 2008 a 3:54 pm

Publicado en Economía

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