Nueva América Central

Todo empieza en nuestras mentes

La exégesis de nuestro subdesarrollo

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GanadoHay algo triste y desalentador en la protesta que salió del Obelisco el día de ayer. Me refiero a la “gran marcha” -como la denominó Joviel Acevedo- organizada por el gobierno de Álvaro Colom para promover su cebado presupuesto. Aunque estuviera de acuerdo con sus fines (no lo estoy), me decepcionaría ver que, para que la gente participe en una marcha por una causa que le favorece, hay que pagarle.

Estas son personas del campo que no pagan impuestos pero consumen bienes públicos. No tienen idea de lo que el presupuesto y el incremento en impuestos significará para la economía nacional, salvo que les dará un beneficio inmediato a través del programa de compra de votos de la Primera Dama. Fueron transportados de sus casas en el interior de la república hasta la ciudad sin costo para ellos, para leer consignas que alguien más escribió, y exigir lo que es esencialmente una transferencia de riqueza a su favor. Y encima de todo, ¡hay que pagarles para que lo hagan! Esta es la prueba más clara que he visto de que el guatemalteco promedio carece completamente de iniciativa.

Las entrevistas hechas a los entes vegetativos confirman esta conclusión. Mario Yat de Alta Verapaz rebuznó de esta forma: “Recibimos instrucciones de gente del Gobierno, de un señor de nombre Calixto.” Hasta para quejarse necesitan instrucciones. María del Carmen Figueroa de Coatepeque resumió el triste espectáculo así: “Nos prometieron unos centavitos y ojalá se dé.”

Allí está, para quien la esté buscando, la médula del subdesarrollo guatemalteco. Sin saberlo, la dócil mujer de Coatepeque reveló con ocho palabras lo que incontables ensayistas, sociólogos, economistas y políticos han tratado de explicar durante décadas: el ethos de la pobreza multigeneracional.

“Nos prometieron unos centavitos y ojalá se dé.”

Cada palabra guarda enorme significado. “Nos”; antecedido del omitido “ellos”, denota a aquellos poderes anónimos que controlan nuestros destinos, como los dioses de la mitología del Popol Vuh y, posteriormente, las autoridades coloniales y eclesiásticas de la Corona oscurantista. “Prometieron”; la vaga esperanza de que en virtud de la voluntad manifiesta de los poderosos recibamos algo. ¿Qué esperamos recibir? “Unos centavitos”; la exigua recompensa pecuniaria que esperaría obtener un mendigo a cambio de provocar lástima. ¿Cuán seguros estamos de que se cumplirá la promesa? “Ojala se dé”; la resignación milenaria a que somo peones sin control sobre nuestras propias vidas, sujetos a los caprichos y los engaños de los poderosos.

Para quien tiene esta filosofía de vida, la prosperidad es inalcanzable. El fatalismo, que es la actitud resignada de quien no se cree capaz de alterar el rumbo de su vida, es una epidemia en la cultura de las sociedades más pobres y atrasadas del mundo.

En su libro La Riqueza y Pobreza de las Naciones, David Landes identifica algunas características de las sociedades que se desarrollan. Una de ellas es la creación de oportunidades a los individuos y las empresas a través del fomento de iniciativa, competencia y emulación. Es imposible fomentar la iniciativa en una sociedad donde la mayoría cree que su bienestar es una función de las decisiones de otras personas.

La lección que hoy refuerzan Colom, De Colom, Acevedo y compañía es vieja y conocida en nuestro país: si quieres algo, protesta hasta que te lo den. Azota tu tacita de peltre contra el pavimento hasta que los pudientes depositen “unos centavitos” en ella. En el caso de Mario Yat y María del Carmen Figueroa, espera pasivamente en tu casa hasta que un bus del gobierno transporte tu trasero indolente al Obelisco, te pague, y entonces protesta.

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Written by craguilar

noviembre 19, 2008 a 10:13 pm

Una respuesta

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  1. […] desplegar para las elecciones generales, y en segundo lugar porque la mayoría en este país es indolente e ignorante. Por eso estamos como estamos. No hay mejor demostración de esto que las contra-manifestaciones […]


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