Nueva América Central

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Anclados en el Pasado

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Dos opiniones publicadas en el Siglo Veintiuno de hoy me transportan al pasado. La una, escrita por el usualmente lúcido Estuardo Zapeta, es un panegírico al Ejército de Guatemala. La otra, escrita por el siempre demencial César Montes, es una oda a la paranoia de la Guerra Fría.

Es un misterio para mí por qué Zapeta, un liberal (o libertario), cree que el Ejército o cualquier otra entidad gubernamental deba “potenciar la organización comunitaria.” A este singular propósito se debe que, según él, “a todas las comunidades nos conviene un Ejército fortalecido” y que “la población” esté enviándole al presidente el mensaje inequívoco que “debe fortalecerse al Ejército, y potenciarlo para el servicio, y servir en el proceso.” Pues bien, yo no recibí este memo.

En primer lugar, no sé a qué se refiere Zapeta con “potenciar la organización comunitaria”, ni mucho menos por qué una institución creada y entrenada con propósitos bélicos tenga esto entre sus funciones. En segundo lugar, no sé de donde saca que la “cultura [castrense] de más de un siglo es reconocida y apoyada por la población a la que sirve.” La impresión que tengo del Ejército guatemalteco más bien se compone de políticas de tierra arrasada en tiempo de guerra y de ser un foco de corrupción en tiempos de paz y guerra.

¿Puede el Ejército apoyar en brindar seguridad combatiendo al crimen organizado? Por supuesto que sí, como también la policía puede apoyar al ejército en el caso de una invasión extranjera. Sin embargo, no debe, y me remito al dicho célebre del ex presidente y actual alcalde: “hay que poner a cada mico en su columpio.” Es la Policía la responsable de brindar seguridad ciudadana, según la Constitución y según el sentido común. Que no lo esté haciendo bien es motivo para depurarla, reformarla y para destinarle los recursos que requiere su mandato, no para inventar merequetengues que involucren a entidades que no tienen (ni deben tener) esta responsabilidad.

El Ejército cumplió su función en el pasado cuando combatió la agresión del comunismo internacional, pero ahora, ante la inexistencia de una amenaza extranjera y su redundancia con la Policía Nacional Civil en el mantenimiento de la seguridad interna, no le queda otra cosa que combatir el narcotráfico. Ésta es la única guerra que puede librar. Irónicamente, Estuardo Zapeta es un ferviente opositor de la Guerra contra las Drogas, razón por la cual -supongo- su deseo de agrandar al Ejército se queda sólo con la enigmática justificación de “potenciar la organización comunitaria.”

La oposición a destinar más recursos al Ejército no es tan “antimilitarista” (término usado por Zapeta) como economista.  Lo que debe buscarse es asignar eficientemente los recursos del Estado conforme a las prioridades nacionales. Simple y llanamente, el Ejército ya no se ubica entre estas prioridades.

Hablando de la agresión del comunismo internacional, César Montes – guerrillero impenitente y admirador de la última dictadura latinoamericana– demuestra ser un animal nostálgico de distinta estirpe. En su columna dice que el Movimiento Cívico Nacional es “correlato” del incipiente renacimiento de los escuadrones de la muerte. En otras palabras, para Montes las manifestaciones en Plaza Italia encubren un anhelo por reactivar el terrorismo de Estado, ¡a pesar de que ostensiblemente nacieron como reacción en contra de un acto de terrorismo de Estado!

Y, ¿por qué es que Montes nos advierte de los nuevos escuadrones de la muerte? Pues porque en un restaurante una señora escuchó a un señor (probablemente pasado de tragos) hablar de “revivir al Jaguar Justiciero y la Mano Blanca.” Enterándose de segunda mano de esta lúdica fanfarronada, Montes se apresura a escribir un sermón insoportable donde llama “a la cordura” y exige “que no se siga jugando con fuego.” Aclara, además, que su urgente llamado a la paz no se debe al temor sino “todo lo contrario.” Claro, como que si alguien que ha leído más de una vez a Montes no supiera que es un machito de cantina a quien le encanta alardear de sus credenciales guerrilleras, como que si debiera erigírsele una estatua porque depuso la AK-47.

Mi mensaje a Fratti y Montes es el mismo: no nos interesan sus delirios violentos; actualícense. Para Estuardo Zapeta, a quien tomo más en serio, mi mensaje es que sea congruente o que al menos nos explique como encaja su ideario liberal con este asunto del Ejército potenciando “organizaciones comunitarias.”

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Written by craguilar

junio 19, 2009 a 3:04 pm

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