Nueva América Central

Todo empieza en nuestras mentes

Tiempo de Solidaridad

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En el imperio de la injusticia es imposible que exista un sentido de comunidad; y sin un sentido de comunidad, es imposible que exista la solidaridad. La solidaridad emana de la empatía -el verse reflejado en el otro-, pero ésta se extingue cuando el sujeto se halla consumido por la angustia y la pérdida, y no puede observar más que indiferencia en los demás.

No puedo pensar en dos personas que se sientan más solas en este momento que los padres de Byron Rustrián, el niño asesinado por secuestradores. Imagínese toda la ilusión, el amor y el esfuerzo invertidos en la crianza de un hijo. Luego un día cualquiera es arrebatado de sus tiernos cuidados por “malos guatemaltecos” para quienes la criatura no es más que un pedazo de carne a ser subastado. A pesar de que se hacen los pagos conforme a las instrucciones de los secuestradores, éstos deciden matar al niño de todas formas y tiran su cadáver al lado de una carretera. El único “consuelo” de sus padres es que esta es la historia de decenas de familias guatemaltecas que también pierden el trabajo de toda su vida y sus seres queridos en un abrir y cerrar de ojos, sólo porque en su país gracias a la negligencia o complicidad de sus gobernantes reina suprema la impunidad.

¿Qué solidaridad pueden sentir estos padres hacia otros? ¿Qué deuda le tienen a una sociedad que ya sea por cobardía o corrupción ha permitido que esto suceda? ¿Dónde está el repudio universal, las demandas de justicia y castigo a los culpables? No hay tal repudio, porque la sociedad se ha vuelto insensible a las barbaridades más abyectas. No hay justicia, porque la sociedad está repleta de personas que ya sea pasiva o activamente promueven la injusticia.

Y así como ésta, hay miles de historias en Guatemala. Si no se ha sufrido algo tan horrible, se ha sido víctima de algún otro crimen. Prácticamente el 100% de los guatemaltecos ha sido víctima de asaltos, robos, extorsiones o amenazas. Se vive en un estado de psicosis permanente por el temor a la delincuencia. No se puede andar en la calle tranquilo a ninguna hora. Uno se despierta sudando frío, contemplando la posibilidad del secuestro y la muerte de un ser querido. Las empresas de seguridad ganan millones cobrando a particulares por hacer lo que el gobierno debería hacer para todos, y de hecho pagan más a sus agentes que la misma Policía Nacional Civil.

Esta situación se hace más notoria cuando uno viaja. Hace algunos años fui a Fargo, North Dakota, una ciudad pequeña en el norte de los Estados Unidos. Caminando por sus calles residenciales, me sorprendió observar casas con las puertas abiertas, ropa tendida al alcance de quien camina por la acera, ventas de garage sin que nadie las atendiera. En esta comunidad y aunque no se conozcan personalmente, las personas se hablan con una sonrisa en la cara, se tratan con respeto, se ceden el paso, se aprecian y manifiestan una solidaridad legítima, es decir, voluntaria. Un asesinato aquí es un verdadero escándalo – un evento extraordinario y repulsivo que debe esclarecerse de inmediato so pena el rompimiento del círculo de confianza que los fargoenses valoran tanto. Y, de hecho, en esta ciudad pueden pasar varios años sin que una persona muera por causa violenta. La policía de Fargo se encarga de otras crisis, como bajar gatos de los árboles.

Es fácil entender, entonces, por qué en Fargo existe un fuerte sentido de comunidad (y patriotismo), mientras que en Guatemala nos debemos conformar con una montaña de cadáveres y la penosa “solidaridad” gubernamental engendrada por Colom-Torres. Es que allá si uno se baja del carro para ayudar a alguien a cambiar su llanta, se ganaría un agradecimiento y quizás hasta una cena. Aquí, con suerte se ganaría un concierto de bocinazos y un asalto a mano armada. Por eso es que, en Guatemala,  el cálculo comunitario nos dice que es mejor no ayudar; es mejor no preocuparse por los demás y, ante todo, es mejor ser desconfiado.

No es sino hasta que se destrone el reino de la impunidad y, en su lugar, se imponga un Estado de Derecho donde se imparta justicia y se castigue  a los victimarios de los Byron Rustrián de Guatemala, que empezará a brotar un sentido de comunidad, de civismo y pertenencia. No es sino hasta que el gobierno cumpla sus funciones primarias que estaremos ante la posibilidad de demostrar verdadera solidaridad.

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Written by craguilar

julio 29, 2009 a 5:32 pm

4 comentarios

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  1. La injusticia comprende desde nuestras autoridades son repudiadas por el pueblo ya que parece que ellos son los cómplices de tantos actos ilícitos que hay cada día en nuestro país y consecuencia a eso es la injusticia de ellos hacia muchos de los pobladores sufriendo por perdidas de personas a las que amamos mucho.

    Romina

    agosto 24, 2009 at 9:14 am

  2. La voz del pueblo clama a gritos por justicia y ellos le conceden unos cuantos años de condena a estos maldecidos y luego salen en libertad a tomas represarías en contra de la familia a la cual agredió y es peor porque dentro de la cárcel aprenden nuevas mañas y desde allí ellos hacen sus barbaridades que los condenen a cadena perpetua o que los envíen a islas a hacer algo productivo.

    Clara

    agosto 24, 2009 at 9:16 am

  3. Bueno y ese tipo de maldades no se acabaran sino hasta que le busquemos las soluciones a todos esos problemas en vez de estar sumando cuantos muertos hayan al año o al mes debemos de preocuparnos de pelear por nuestros derechos es injusta la forma en las que nuestras autoridades se duermen en sus laureles.

    Luci

    agosto 24, 2009 at 9:17 am

  4. […] Pero cuando Velásquez dice que “no se puede dar lo que no se tiene” se refiere a algo muy distinto a lo que yo tengo en mente. Él se refiere a que nos hace falta “fraternidad y desprendimiento.” En otras palabras, el problema en Guatemala es que la gente es muy egoísta. Si esto es cierto, no se debe a la filosofía liberal sino a la ausencia de condiciones fundamentales de convivencia pacífica. En el pasado he escrito sobre el vínculo entre la inseguridad y la falta de solidaridad. […]


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