Nueva América Central

Todo empieza en nuestras mentes

La Politización de la Justicia

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En la presente controversia sobre la elección de jueces, mucho se ha hablado sobre la “politización” de la justicia como si esto fuera algo malo. Pero la politización de cualquier proceso guiado por partidos políticos es inevitable, y no es algo universalmente malo.

En los Estados Unidos — por hablar de un país con un sistema de justicia razonablemente operante-, cada presidente nomina magistrados para la Corte Suprema con los que comparte ciertas creencias políticas fundamentales. El proceso de confirmación posterior también evidencia que los senadores aprueban o desaprueban de estos candidatos basándose en buena medida en criterios ideológicos. De allí que los Republicanos promuevan magistrados con puntos de vista conservadores, mientras que los Demócratas promuevan a aquellos con puntos de vista “liberales” (en el sentido gringo.)

La diferencia radica en lo que la dicción “político” significa en cada contexto. En democracias más maduras, “político” se refiere a un conjunto de ideas sobre el rol del gobierno en la sociedad. Los partidos políticos son vehículos para la consecución práctica de estas ideas. En democracias primitivas como Guatemala, en contraste, el concepto se asocia con la militancia en bandas conformadas por individuos que buscan el poder público para lucrar personalmente. Por lo tanto, no me sorprende que la politización en la selección de magistrados en los Estados Unidos sea visto como algo perfectamente aceptable, mientras que en Guatemala es antitético al bien común.

Resulta, entonces, que el problema subyacente es la naturaleza de la política, o más específicamente los partidos políticos, y no la inexorable politización de la selección de magistrados o cualquier otra decisión tomada por cualquiera de los órganos del Estado.

El justificado temor de los guatemaltecos, refrendado por la experiencia, es que los partidos políticos elevan magistrados con el propósito de granjearse favores e inmunidades de las cortes. Los guatemaltecos no temen, ni deben de temer, que los partidos promuevan magistrados con base en su ideología o actitudes fundamentales hacia la justicia. Después de todo, un candidato a juez puede tener excelentes calificaciones académicas y profesionales, pero haberse manifestado creyente de teorías del derecho esotéricas que puestas en práctica serían un atentado contra la seguridad pública. Son grandes mentes legales educadas en el extranjero que inventaron eliminar la pena de muerte en Guatemala y dar penas mínimas de cárcel a asesinos de niños y ancianos.

Lo que debe resolverse es la naturaleza de los partidos políticos, para que se conviertan en vehículos de ideas y no de intereses particulares. En Guatemala no hay institucionalidad política. Los partidos carecen completamente de identidad ideológica. Creo que el mejor ejemplo de esto es el Partido de Avanzada Nacional (PAN), que llevó a Arzú a la presidencia, luego fue secuestrado por personajes de las más diversas tendencias (si es que tenían alguna) y de dudosa reputación, incluyendo al aspirante a populista Óscar Rodolfo Castañeda quien a media campaña electoral le arrebató la nominación presidencial a Francisco Arredondo en un vulgar despliegue de compraventa de voluntades. ¿Qué decir de la GANA, la fusión oportunista de varios partiditos para postular a Óscar Berger, luego a Alejandro Giammattei? Ninguno de éstos sigue afiliado al partido.

Políticos célebres que llevan años en el juego entran y salen de partidos con mayor frecuencia que David Beckham cambia de equipo. Esta promiscuidad política se explica en que el ansia de poder es la única constante y los partidos son solo una marca bajo la cual individuos lo buscan por razones (y con justificaciones) que solo ellos conocen. Los diputados se arriman al palo que les da más sombra… al diablo con los principios. ¿Cuáles principios? Observen la súbita prominencia de la bancada “Líder” que pasó de ser el refugio de un par de inconformes de la UNE a ser la segunda fuerza política en el Congreso.  Basta con leer la risible carta de “Principios” de este partiducho (parece la tarea improvisada de estudios sociales de un alumno de tercero básico) para percatarse que su atracción de diputados no tiene absolutamente nada que ver con convicciones.

Es igual con todos los partidos. Hace años, por razones de amistad, trabajé brevemente con el partido Unionista, lo cual para mí ahora es motivo de vergüenza, especialmente por la nefasta alianza que recientemente hizo con la UNE y el FRG. En retrospectiva, debí advertirlo desde que leí su “Programa de Gobierno”, en el cual los Unionistas proclaman “una alianza incluyente de ciudadanos, de organizaciones y sectores, en el que está representada la heterogeneidad de la sociedad guatemalteca.” Se requieren 116 páginas para plantear la utopía de esta gran sombrilla incluyente que por tratar de representarlo todo termina representando nada. Gobernar es escoger – libertad versus igualdad, individual versus grupal, mercado libre versus planificación central, universalidad versus discriminación. Cualquier proyecto político que no reconoce la naturaleza mutuamente excluyente de algunos objetivos y que no hace las elecciones correspondientes es una farsa.

Reagan le instó a su partido a pintar en “colores fuertes” y no “pasteles pálidos.” Su programa de gobierno de 1980, lleno de iniciativas específicas, se contiene en sólo 70 páginas. ¿Es más complicado gobernar a Guatemala que a los Estados Unidos (en plena Guerra Fría)? Por supuesto que no. Lo que pasa es que es más fácil enunciar ciertos principios congruentes que explicar la cuadratura del círculo con barrocos sofismas, como lo hacen los demagogos. Fidel Castro, cuando gozaba de buena salud, pronunciaba discursos de ocho horas y no le bastaban para convencer a los pobres cubanos de las bondades de su sistema. Reagan explicó: “no hay respuestas fáciles, pero sí hay respuestas simples.”

¿Cuál es entonces la solución para Guatemala, si no es Proreforma ni la ley de las comisiones de postulación? Es el tiempo, el fracaso, la prueba y el error, el dolor aleccionador, el escarmiento que sufren generaciones negligentes que votan por canciones y regalitos. Pasarán muchos años antes de que los votantes guatemaltecos adquieran madurez política, un poco de idealismo, y empiecen a exigirle a sus partidos consistencia ideológica. Mientras tanto, no hay varita mágica que solucione nuestros graves problemas sociales.

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Written by craguilar

octubre 10, 2009 a 7:10 pm

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