Nueva América Central

Todo empieza en nuestras mentes

Nada se aprende en Pupitre Roto

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En Siglo Veintiuno se publican dos columnas ilegibles: una, la de César Montes, a quien ya les presenté en este blog; la otra, de Virgilio Álvarez Aragón, apropiadamente titulada “Pupitre Roto.”  De éstas, la peor es la de Virgilio Álvarez, porque Montes cuenta anécdotas de la guerrilla, que podrían ser verdad o mentira –no sé-, pero al menos son entretenidas.

El problema con Álvarez no es su ideología, porque hay otros izquierdistas cuyas opiniones son dignas de publicación. El problema es sencillamente que no hace sentido.  Leer sus columnas es como entrar en una mina sin linterna. Me imagino que así son las cátedras de las devaluadas carreras de humanidades de la USAC, aquellas menos científicas y por ende más propensas a ser politizadas (tipo sociología), donde gustan de palabras como deconstrucción y estructuralismo y les encanta hablar de sectores, disfrazando el activismo político bajo el manto académico.

En sexto primaria tuve una profesora de Estudios Sociales  – una señorita ignorante que pensaba que los Países Bajos eran llamados así por su inferioridad económica- que se afanaba inútilmente por hilvanar una sola historia a partir de hechos inconexos. Para ganar sus exámenes no era necesario estudiar,  bastaba con contar un cuento usando las premisas políticas de la profesora. Por ejemplo, si la pregunta era “Describa la Colonización”, cualquier respuesta era correcta si identificaba a los europeos como los villanos y a los indígenas como las víctimas, independientemente de que hiciera un fiambre de las fechas, los lugares y los eventos históricos. Si de paso agregaba que el capitalismo es malo, ¡eso era puntos extra!

Álvarez es igual. Sus columnas son un enredo lógico conducente a una conclusión ideológica predeterminada.  En su columna más reciente, por ejemplo, uno se entera de cómo está relacionado el anticomunismo con Rosenberg con los linchamientos del altiplano. Un denominador común de este tipo de “análisis” es que el capitalismo y/o el mundo occidental son la raíz de todos los males. El otro es que se desploma con la menor crítica. (A la mentada profesora le arruiné todo su discurso sobre los Países Bajos cuando le expliqué que se llamaban así porque están bajo el nivel del mar.)

Considere este extracto de la última columna de Virgilio Álvarez:

“Somos una de las culturas más primarias y, en consecuencia, creyente a pie juntillas de todo lo que se nos predica. La autoridad no se gana con pruebas sino con floreados discursos, gritos, plata y aspavientos. Se nos enseñó que todo lo que es crítico, cuestionador y alternativo es comunismo y que los comunistas, como no son creyentes, destruyen la familia, no aman y hasta se pueden llegar a comer a los niños. Lo creímos, y construimos sobre esas falsas afirmaciones una de las sociedades más anticomunista del planeta y, como consecuencia de ello, la más egoísta y antisolidaria pues todo lo que es de compartir con el otro es comunismo y nosotros, decimos, no lo somos. Hablamos de caridad, pero sólo como un negocio para ganar los cielos.”

Aunque usted creyera las premisas de esta diatriba, las conclusiones no se derivan lógicamente de ellas. Por ejemplo, digamos que usted comparte con Álvarez la creencia que ser crédulo es sinónimo de ser anticomunista. ¿Implica esto que ser incrédulo es ser comunista? ¿A implica B y, por lo tanto, no-A implica no-B? Esteee, no.

El artículo propone que los opositores de Colom somos borregos que aceptamos lo que diga la “autoridad” ganada con “floreados discursos, gritos, plata y aspavientos.” Sin embargo, en Guatemala el mayor dispensador de discursos, gritos, plata y aspavientos es el gobierno. De hecho, quienes manifestaron en contra de Colom lo hicieron sin recibir compensación, mientras que el gobierno tuvo que erogar millones para pagarle a su porra. La propaganda oficial inunda todos los medios y aquí Álvarez nos quiere convencer de que quienes la cuestionamos somos  los crédulos.

Álvarez postula que “se nos enseñó” (¿quién? ¿a quién?) que quienes cuestionan son comunistas, pero ¿quién pensaría semejante estupidez si históricamente es el comunismo que reprime toda la disidencia? No existen sociedades más conformistas que aquellas sometidas al marxismo, como puede observarse hoy en día en Cuba, donde te cortan la leche si no salís a manifestar a favor de Castro y donde te callan a garrotazos si lo criticas. ¿Acaso no sabe Álvarez que en los países comunistas el gobierno controla todos los medios de comunicación y se proscribe la crítica hacia él?

Álvarez dice que por ser anticomunistas somos la sociedad “más egoísta y antisolidaria”, como si el comunismo propiciara altruismo y la solidaridad. Nada que ver, como decían los patojos. El país más anticomunista del mundo es también el país más caritativo. Los países comunistas son los países con menos generosidad porque es imposible ser generoso sin riqueza privada. Si el gobierno es dueño de todo y uno no es dueño de nada, ¿qué caridad puede haber? Álvarez, al igual que Colom, confunde la caridad con la redistribución coactiva. Pero no es caridad que ciudadano A le quite a ciudadano B para darle a ciudadano C, si es que esto porque todos sabemos que en Guatemala el que reparte se queda con la mejor parte. Increíblemente, Álvarez prefiere a este esquema confiscatorio que a la verdadera caridad, aquella que es privada y voluntaria, a la cual menosprecia como “un negocio para ganar los cielos.”

Una cosa es opinión y otra es vociferar idioteces. Las columnas del Sr. Álvarez tienen demasiado de lo segundo.

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Written by craguilar

enero 20, 2010 a 7:03 pm

Una respuesta

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  1. […] » En el departamento de analogías estúpidas, Virgilio Álvarez Aragón, de quien ya me he ocupado en este espacio, usa media página en Siglo Veintiuno para explicarnos como podríamos a llegar a ser […]


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