Nueva América Central

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Hayek y Rand

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En su columna de hoy, Álvaro Velásquez coliga a F.A. Hayek y Ayn Rand como “dos variaciones del mismo tema.”  Esto sorprendería tanto a Hayek como a Rand, quienes en vida se vieron como antagonistas.  

Rand creía en una ética objetiva y criticaba con vehemencia a cualquiera que afirmara –como Hayek- que la ética no era objetiva, racional o instintiva sino el producto de un proceso evolutivo.  Hayek creía en el rol del Estado en garantizar una red de seguridad para los más necesitados, mientras que Rand rechazaba dicho rol. Hayek no era un individualista puro porque reconocía la importancia de las normas sociales, las cuales a su parecer moderan la voluntad individual en función del bien social. En estos y otros temas, ambos pensadores tenían profundas diferencias, las cuales Velásquez ignora o cree erróneamente que carecen de importancia.

En realidad, la visión de Hayek es radicalmente distinta a la de Rand en cuanto a los preceptos morales que deben guiar a las personas, aún si ambos coinciden en que el sistema de libre mercado es superior a las alternativas.  Ambos llegan a esta conclusión partiendo de un previo análisis moral y ético, de la misma forma que Adam Smith defendió al capitalismo después de desarrollar su Teoría de los Sentimientos Morales. Leyendo a Velásquez, uno se lleva la impresión de que estos análisis estuvieron al servicio del capitalismo, como si se hubiesen desarrollado como justificación ad hoc de este sistema, lo cual es históricamente incorrecto.

Velásquez escribe: “cuando ambos autores hablan de derechos individuales se refieren en esencia a los derechos de propiedad y cuando hablan de libertad se refieren a hacer lo que cada quien guste, en estricta competencia con los demás.” Esta es una lectura parcial y estrecha del concepto de derechos individuales, los cuales realmente proceden del que se llamó Derecho Natural por Tomás Aquinas, John Locke y otros.  Éste se entiende como un derecho que, contrario al derecho positivo que es creado por el hombre,  es innato al ser humano y, para los redactores de la Declaración de Independencia de los Estados Unidos, imbuido por Dios.

No hay nada sobre el derecho a la propiedad que induzca a las personas a preferir la competencia sobre la cooperación. Es precisamente el ejercicio del derecho a la propiedad que da lugar al sistema de precios, y el sistema de precios da lugar a la cooperación extensa para asignar recursos dispersos a los objetos de producción más valorados por la sociedad.  Tampoco la libertad es que “cada quien haga lo que guste” si esto entra en conflicto con las normas sociales. Hay una diferencia entre que el Estado me imponga fines particulares (colectivismo) y que,  para asegurar la convivencia pacífica de todos en la sociedad, regule los medios que uso. Debe notarse también que los fines, por ser individuales, no son necesariamente egoístas y que el altruismo es perfectamente compatible con los derechos individuales (aunque no con la filosofía moral de Rand.) De hecho, hay quienes argumentarían que el verdadero altruismo sólo puede existir en el marco de la libertad porque la coacción elimina la capacidad de elegirlo.

Lo que molesta a Velásquez parece ser la contradicción entre la primacía de los derechos individuales y la existencia de “derechos sociales”, y en esto él tiene toda la razón; dicha contradicción es infranqueable. Un sistema de gobierno que blinde a los derechos individuales necesariamente debe frenar el absolutismo democrático que coloca a la voluntad de la mayoría como la autoridad moral suprema. Lo que Alexis de Tocqueville denominó “la tiranía de la mayoría” ha sido contenido, en las sociedades más exitosas del planeta, por límites constitucionales basados en los derechos individuales.  En contraste, los despotismos más crueles y miserables han sido aquellos que victimizan la conciencia individual (la única conciencia que realmente existe) por los designios de un gobierno central que siempre dice representar los deseos “populares” e invariablemente se justifica en algún trámite plebiscitario. Aquí Velásquez argumentaría que estas no fueron realmente democracias, sólo fingían serlo, replicando las excusas de los socialistas del siglo XXI sobre las implicaciones del fracaso del socialismo real del siglo XX.

¿Qué le ofrece Velásquez a las minorías si no el respeto irrestricto a sus derechos? Que no deben sustraerse “sino involucrarse en la democracia a través de partidos y asociaciones, en competencia y cooperación.” Básicamente, si no puedes vencerlos, únete a ellos.  Velásquez quiere un mundo donde todo está en juego –la vida, la libertad y la propiedad. Todos deben tener representación política si no quieren que por edicto democrático se les arrebate lo que les pertenece, y precisamente aquí yace el punto central de Velásquez –te pertenece lo que la democracia dice que te pertenece y nada más. Según él, dejar ciertos derechos fuera del cernedor democrático es “elitista” y un privilegio de clase aún si se garantizan para todos. En su jungla democrática, si tu partido o asociación no maniobra exitosamente “en competencia y cooperación” con los demás actores políticos,  no tienes otro recurso que buscar el favor de quien o quienes hayan sido empoderados por la mayoría. Sólo los caudillos ávidos de poder y sus allegados desearían vivir en una sociedad organizada de esta forma, que es, ahora que lo pienso, una buena descripción de cómo funciona Guatemala.

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Written by craguilar

marzo 4, 2010 a 2:36 pm

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