Nueva América Central

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El Camino al Infierno

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Dice el dicho que el camino al infierno está empedrado de buenas intenciones. ¿Quién puede negar que las mayores atrocidades de la historia fueron cometidas en nombre de algún bien universal? En retrospectiva es muy facil impugnar la vileza de quienes en su día convencieron a millones de que sus actos eran nobles y necesarios. Hitler, Lenin y Mao causaron directa o indirectamente la muerte de millones pero en la cima de su poder no eran considerados villanos por las masas que los adoraron. De hecho, ¡hasta el día de hoy tienen admiradores que aseguran que no fueron villanos!

La placenta de la destrucción no es la maldad de los fines (subjetivos) sino la concentración de poder que le permite a una persona o a un grupo pisotear los derechos individuales de otros. No es el origen del poder sino los límites impuestos sobre él que marcan la diferencia.

Hitler convenció a los alemanes que era necesario recuperar su “espacio vital” para crear un paraíso ario en la Tierra. Lenin convenció a los rusos de que el sistema soviético era el único camino para eliminar la opresión de clases. La mayoría de chinos creyó en Mao cuando éste les prometió un Gran Paso Adelante. Cada uno intentó forjar su respectiva nación en función de su particular visión humanista.

Uno podría recuperar la fe en la naturaleza humana pensando que estos líderes engañaron a sus pueblos en función de magnificar su propio poder, pero eso es miope porque absuelve de responsabilidad a quienes los aclamaron con pleno conocimiento de los valores que los impulsaban. Los dictadores —según ellos— reflejaban una serie de valores e inquietudes recogidas del pueblo. Ellos no se veían a sí mismos como seguidores de Satanás sino como personificaciones de la voluntad popular.

El gran historiador Paul Johnson, en su famoso Modern Times, explica como la historia del siglo XX se resume en el conflicto entre el tipo de sociedad donde el poder se halla disperso entre los individuos y el tipo de sociedad donde el poder se concentra en los gobernantes. Invariablemente, las sociedades libres florecen en paz, mientras que las sociedades estatistas languidecen entre estancamiento económico y conflictos sangrientos.

Hoy en día muchos estatistas modernos cometen el error ahistórico de suponer que porque sus intenciones son buenas, los resultados serán distintos que los estatistas pasados. Suponen que los estatistas pasados, como Hitler, Lenin y Mao, fracasaron porque eran dictadores “malos” y que ellos tendrán éxito porque son demócratas “buenos” cuyos fines son nobles. El problema es que la relativa bondad o maldad de cada figura dependerá del tiempo y el contexto en que sea evaluado. La única constante es que tanto los estatistas de hoy como los de antaño confiaban en centralizar el poder y despojar al individuo de su autonomía para solucionar los problemas del mundo.

¡La fatal arrogancia! diría Hayek.

El estatista moderno cree que su humanismo puede impedir que la concentración de poder tenga los mismos efectos nefastos que ha tenido siempre en la historia. Él cree que el origen democrático del poder limita sus excesos, como si Hitler no hubiera sido elevado democráticamente, o como si Chávez no destruyera todo el sistema de pesos y contrapesos republicanos en Venezuela amparado en resultados electorales.

Nuevamente, no es por su origen que el poder es benigno, sino por los límites impuestos sobre él.

Independientemente de sus buenas intenciones, los estatistas modernos nos conducirían por el camino de servidumbre — aquel donde los ciudadanos libres se transforman primero en clientes y luego en vasallos del Estado que los mantiene y controla. Una nación poblada de vasallos es más pobre y más propensa a la guerra que una nación de personas libres que comercian libremente con todo el mundo.

En una semana habrá elecciones en los Estados Unidos donde los estadounidenses decidirán si quieren seguir transitando este camino o poner la reversa y regresar al camino de la libertad.  Es una decisión muy importante porque Obama está conduciendo a su país hacia un estado socialista del tipo que se está desarmando estrepitosamente en toda Europa. Para ver el futuro que Obama quisiera para los Estados Unidos, observe las protestas en Francia que, según el ministro de finanzas, le cuestan a su país 400 millones de Euros cada día. ¿Cuál es el ultraje por el cual los sindicatos franceses han paralizado la economía? Pues, que por restricciones fiscales, el gobierno necesita incrementar la edad de retiro de 60 a 62 años. ¡Tal es la calamidad de aquellas naciones que recorrieron por demasiado tiempo el camino de servidumbre!

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Written by craguilar

octubre 25, 2010 a 4:42 pm

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