Nueva América Central

Todo empieza en nuestras mentes

Obras Sin Palabras son insuficientes

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Como en el matrimonio, la democracia requiere de comunicación para su buen funcionamiento. En el hogar no basta con que cada cónyuge haga lo que le corresponde sin mediar palabra, ni en el gobierno basta con que los funcionarios actúen sin informar a la ciudadanía. En ambos casos, la falta de comunicación conduce al fracaso.

El voto no es un cheque en blanco ni constituye una cesión del derecho a estar informado sobre la acción pública. El funcionario electo es un agente administrador de algo que no le pertenece. En una empresa no esperamos que un gerente, en virtud de su empoderamiento para tomar decisiones sobre recursos ajenos, deje de rendir cuentas a sus dueños. Sin embargo, es un síntoma de la Tragedia de los Comunes que toleramos esto en el ámbito público.

Álvaro Arzú es el político guatemalteco que mejor personifica esta actitud, aunque no es el único. (Álvaro Colom puede manifestarse más abierto a la prensa pero protagonizó una lucha encarnizada en contra de quienes buscaban abrir los libros de Cohesión Social.) En los más de 30 años que Arzú lleva dirigiendo recursos públicos en alguna función u otra, pareciera que la principal lección que ha aprendido es que rendir cuentas y justificarse públicamente es una pérdida de tiempo. En efecto, el slogan de su campaña —”Obras No Palabras”— es una perfecta síntesis de esta actitud.

Si bien es cierto que lo opuesto (Palabras y No Obras) es la depreciada moneda de curso en la política, la consigna de Arzú no es la única alternativa. En una democracia, se requiere de Obras Y Palabras.

Palabras sin obras es el proceder del charlatán, del politiquero mentiroso que al estilo Baldizón vende promesas imposibles de cumplir. Pero obras sin palabras es el proceder del autoritario, del hombre fuerte que impone su voluntad sin dar explicaciones porque se cree dueño de aquello de lo que sólo es un administrador y subestima el derecho de los legítimos propietarios a conocer sus manejos.

Ni que el autoritario sea electo democráticamente lo hace menos autoritario. No es el origen sino los límites sobre el ejercicio del poder que determinan su verdadera vocación.  No venga alguien a decirme que el Hugo Chávez que decreta a su antojo y se comunica con los venezolanos solo a través de medios oficiales es un demócrata porque ganó un par de elecciones.

Más allá de la necesaria rendición de cuentas, el funcionario está obligado a justificar sus decisiones y a enfrentar la crítica que proviene directamente de la ciudadanía y la prensa independiente. Es imposible que encuentre semejante oposición en su círculo de colaboradores. Cuando Lord Acton dijo que “el poder corrompe…” se refería en gran medida al efecto que sobre los gobernantes tiene el estar rodeados de cortesanos que sólo asienten y justifican las decisiones post hoc. Los gobernantes que se cierran a la crítica y al debate se enfrascan en una cámara de eco donde lo único que puede ocurrir es que se distancien cada vez más de las demandas e inquietudes de sus electores.

El verdadero estadista buscará persuadir a los demás con su visión. Winston Churchill no dejó de hacer discursos cuando terminó su campaña política. Sus discursos más memorables no son de campaña sino discursos que dio como gobernante para convencer a su pueblo que debían seguir el camino que él había trazado. ¿Qué habría pasado en la Segunda Guerra Mundial sin este discurso o sin los Fireside Chats de FDR? ¿Se habría reunificado Alemania sin esta o esta exposición pública de intenciones?

Es difícil imaginar la historia de las grandes democracias occidentales sin grandes comunicadores. Los únicos países donde se hacen cosas “grandes” a espaldas del pueblo es en dictaduras totalitarias. Mao no tuvo que dar discursos para justificar su Gran Salto Adelante. Los mayores horrores del Siglo XX pueden atribuirse en parte a la filosofía de Obras No Palabras, porque hay obras tan abominables que ninguna cantidad de palabras puede justificar, así que ¿para qué intentarlo? Ese es el desafío que las palabras imponen al gobernante: la necesidad de dotar de lógica y valores morales a aquello que se disponen a hacer con el poder que condicionalmente ostentan.

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Written by craguilar

julio 4, 2011 a 12:56 pm

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