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¿Importa la desigualdad en el ingreso?

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En la economía uno de los debates que más pasiones despierta es el de la desigualdad. Que un reducido “x” porcentaje de personas reciba un creciente “y” porcentaje del producto es presentado como una evidente injusticia. Ya he manifestado mi disgusto con este tipo de análisis porque confunde criterios políticos con criterios económicos y desvía la atención del verdadero problema: la pobreza. A pesar de que los principales organismos internacionales sabiamente han cambiado su enfoque de combatir la desigualdad a combatir la pobreza (objetivos no necesariamente compatibles), no cesa el tamboril —últimamente gracias al movimiento socialista-anárquico “Occupy Wall Street” cuya motivación ostensible es la desigualdad en la distribución de riqueza en los Estados Unidos.

Lo curioso es que cuando alguien hace el reclamo de desigualdad, lo presenta como un mal incontrovertible cuya malevolencia no requiere esclarecimiento, como si fuera esclavitud o genocidio. Nadie parece interesado en explicar por qué es algo malo. Busque en Google “por qué la desigualdad en el ingreso es malo” y encontrará muchas entradas señalando que el “problema” de la “mala” distribución de la riqueza ha crecido en tal o cual país, con lujo de estadisticas demostrándolo, pero poco o nada explicando por qué es un problema para empezar.

Así que investigué un poco más y encontré este ensayo del profesor Arthur MacEwan de la Universidad de Massachusetts, titulado “Un Fin en Sí Mismo y un Medio para Buenos Fines: Por Qué la Igualdad de Ingreso es Importante” (traducción mía.) Hay que agradecerle por darse la tarea de justificar lo que tantos dan por sentado. Al final, sin embargo, sus argumentos no son persuasivos. Examinémoslos a continuación:

Argumento # 1: La pobreza es un estado relativo, no absoluto.

MacEwan postula que la pobreza no es sencillamente la incapacidad de adquirir un número finito de bienes y servicios, sino una condición relativa a la riqueza total de la sociedad. “Los pueblos más primitivos del mundo tienen pocas posesiones, pero no son pobres”, dijo Marshall Salins, ejemplificando que en diferentes sociedades la definición de pobreza está supeditada a los estándares materiales a los que están acostumbradas. Desde este punto de vista, qué tan pobre soy es una función de la razón entre mi ingreso y el ingreso social, o, lo que es igual, de la razón entre mi ingreso y el ingreso medio, porque el ingreso medio define la canasta prototípica de bienes y servicios en una sociedad determinada. Por lo tanto, no puede combatirse la pobreza sin combatir la desigualdad.

Si bien es cierto que para algunos la definición de pobreza varía en función de los crecientes estándares de vida en la sociedad, para otros está determinada por el nivel de consumo mínimo para sostener una vida saludable, y aún para otros (como los monjes tibetanos) es una condición espiritual sin relación alguna al producto material. Así que la conclusión de que la desigualdad en el ingreso significa más pobreza depende de que aceptemos una definición subjetiva y relativa de pobreza, la cual nos dirá, en contra de toda intuición, que si este año recibo un aumento salarial pero mi vecino recibe uno mayor, yo me hice más pobre. La mayoría de la gente no la entiende así, y con buena razón.

Lastimosamente, “pobreza” es un término político que se usa en contextos tan diversos que hoy carece casi por completo de cualquier significado económico. Pero si ha de significar algo que justifique la movilización de recursos públicos para combatirla, debe ser con base en las necesidades biológicas del ser humano. Quizá Donald Trump se crea pobre por poseer lo equivalente a una pequeña fracción de la riqueza de Bill Gates, pero cuando hablamos de pobreza como objeto de acción gubernamental no nos interesa la opinión de Trump ni de nadie más en cuanto a su posición relativa en la sociedad, si poseen lo suficiente para alimentarse, abrigarse y educarse plenamente. Después de todo, si el criterio relevante es la canasta “normal” en una sociedad y mi sociedad se limita al jet set, ¿por qué mi definición subjetiva sería inferior a la de alguien que se compara con la canasta del ingreso medio de la nación? ¿Por qué seleccionar arbitrariamente a una nación como el universo del ingreso y no a varios países, a todo el mundo, o limitarlo al grupo social con el que interactúo?

Para evitar semejantes extravíos, los organismos dedicados a combatir la pobreza la definen objetivamente como la incapacidad de adquirir los bienes y servicios necesarios para cubrir las necesidades básicas del hogar en el lugar donde se sitúa. Bajo cualquier definición objetiva de pobreza, el primer argumento del profesor MacEwan carece de aplicación práctica.

Argumento # 2: La igualdad tiene un valor intrínseco porque disminuye el efecto distorsionador del estatus en las relaciones sociales y en consecuencia cultiva sociedades más solidarias, empáticas y democráticas.

¿Quién no se ha topado con un ricachón que se cree superior a los demás porque tiene más dinero? Nadie puede negar que la riqueza y el estatus que confiere han jugado un rol importante en crear asimetrías en las relaciones sociales desde tiempo inmemorial. La cuestión es si creemos que una sociedad que aplica medidas igualitarias elimina las asimetrías o simplemente sustituye asimetrías de un tipo por asimetrías de otro tipo.

No hay nada que a priori nos asegure que las relaciones entre los miembros de la sociedad serían mejores si todos ganaran lo mismo, por la sencilla razón de que la igualdad en el ingreso requiere de injusticia, y la injusticia genera resentimiento y fricción social. No entiendo como puede mejorarse la relación entre una persona laboriosa y productiva y otra persona perezosa e improductiva confiscándole a la primera el fruto de su trabajo para que la segunda la iguale en ingreso. Digamos que su vecino no tiene para pagar la factura de energía eléctrica así que decide robársela a usted para que ambos tengan luz en sus casas. ¿Mejoraría la relación entre ustedes?

En la práctica sabemos que no hay correlación entre distribución del ingreso y la denominada “paz social.” Hay países altamente desiguales como Chile (índice Gini 55) que tienen menor tasa delictiva que países más igualitarios como Venezuela (Gini 41.)

Sabemos también que en países donde se impone la igualdad el poder debe concentrarse en un grupo de distribuidores del producto social quienes, a su vez, se convierten en los focos de poder y estatus. La Nomenklatura soviética, por ejemplo, sustituyó a la élite de los magnates con la élite de los burócratas. ¿Por qué una es superior a la otra? La realidad es que desde el punto de vista sociológico, ambas distorsionan las relaciones naturales entre seres humanos porque colocan a unos en situación ventajosa con respecto a otros.

Si la desigualdad en el ingreso significa que unos pocos pueden comprar el poder político para ajustar las reglas del juego a su favor, ese es un problema del sistema político y no de la desigualdad económica como tal. Un gobierno con el poder de regular industrias, intervenir en el comercio exterior y favorecer con privilegios a ciertas personas con base en sobornos y donaciones políticas es un mal gobierno, con o sin desigualdad en el ingreso. Si lo que se busca es blindar las decisiones públicas de influencias privadas, lo que debe hacerse es limitar constitucionalmente el poder del gobierno para otorgar privilegios, no repartir la riqueza en partes iguales para que todos puedan procurar privilegios.

Argumento # 3: Mayor desigualdad significa menor salud y mayor criminalidad

En cuanto a la salud, el profesor argumenta que en sociedades más desiguales se padece más estrés que en sociedades igualitarias, porque en las primeras los pobres están angustiados por no poder comprar la canasta “promedio” de la sociedad y los ricos están preocupados por caer de su encumbrada posición. Sobre esto, como podrá imaginarse, no existe más evidencia que las conjeturas de algunos psicólogos. Pero aunque fuera cierto, uno debe preguntarse si el estrés provocado por la desigualdad no es menor que el estrés provocado por la falta de empleo y el bajo crecimiento económico que conlleva aplicar medidas igualitarias coercitivas. Basta con ver, como ejemplo, los padecimientos emocionales de los manifestantes en la igualitaria Grecia (Gini 33) para darse cuenta de que en nada se compara el gasto emocional de tener a un vecino con una casa más grande con el gasto emocional de no tener ingreso suficiente para pagar la renta propia.

Como vimos arriba en el caso de Chile y Venezuela, la incidencia delictiva no varía en función de la distribución del ingreso. Hay estudios que establecen una correlación entre desigualdad y criminalidad, mientras que hay otros que la desmienten. Existe más evidencia de correlación entre pobreza y crimen que entre desigualdad y crimen. Recuerde que no son la misma cosa. Combatir la pobreza no es lo mismo que combatir la desigualdad. Todo esto sería un debate puramente académico si no fuera por el hecho que combatir la pobreza y combatir la desigualdad son frecuentemente objetivos incompatibles por el efecto negativo que la interferencia gubernamental tiene sobre el crecimiento económico. Si la correlación positiva entre crimen y pobreza es más fuerte que la correlación entre crimen y desigualdad, y si sabemos que buscando más igualdad a través del gobierno generamos más pobreza, entonces deberíamos enfocarnos en aquello que es más “eficiente” en términos de reducir el crimen; es decir, combatir la pobreza. Es como que si alguien tiene sed y un vaso de agua, y puede saciar su sed tomándose el vaso de agua o regando una maceta con una planta de tomate y luego absorber una parte de esa humedad comiéndose el tomate. Por un criterio puramente de eficiencia, para saciar la sed debe tomarse el vaso de agua directamente en vez de indirectamente a través del tomate. En el caso de la sociedad, si existe un vínculo entre la pobreza y el crimen (de por sí una hipótesis controversial), es más eficiente combatir el crimen reduciendo la pobreza directamente que indirectamente a través de un enfoque en la desigualdad.

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Written by craguilar

octubre 12, 2011 a 6:44 pm

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