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Aclarando Conceptos

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En este blog se escribe sobre la ecuación Sistema=Cultura=Personas. El sistema está mal porque la cultura está mal, y la cultura está mal porque los individuos carecen de los principios y valores correctos. Mucho del análisis que encontramos en los medios se enfoca en el sistema (violencia, corrupción, ineficiencia), pero no profundiza en las causas. El sistema no puede cambiarse sin cambiar la cultura de la gente. Este es el atolladero infranqueable donde se atascan propuestas como ProReforma, que parten de la pretensión ingenua que un sistema político derivado de una cultura generalizada de corrupción puede acabar con la corrupción.

Aun si no es posible que el gobierno reforme a la cultura —por lo que cualquier proyecto verticalista de “reformar” al país está condenado al fracaso—, es perfectamente posible para un gobierno tomar medidas concretas que repriman aquellas conductas más destructivas exhibidas por algunos segmentos de la población. ¿Cómo sabemos que se puede? Porque lo vemos en nuestros migrantes quienes, al llegar a otro país donde el gobierno reprime efectivamente al comportamiento antisocial, empiezan a comportarse de modo distinto.

En Centroamérica, el centroamericano tira basura a la calle desde sus vehículos. Pero en Estados Unidos, no lo hace porque sabe que de hacerlo existe una alta probabilidad de que le impongan una multa. Si no paga la multa, perderá su licencia de conducir. Y si conduce sin licencia se va a la cárcel.

En Centroamérica, el centroamericano toma calles y destruye propiedad ajena para manifestarse. Pero cuando llega a Estados Unidos, se abstiene porque sabe que de exhibir semejante comportamiento se hará acreedor de una golpiza y una estadía en la cárcel.

Lo interesante de estos ejemplos es que la diferencia no son los principios de los individuos (quienes provienen de la misma cultura) sino de la expectativa de represión gubernamental. Les guste o no, tienen que convertirse en mejores ciudadanos. Podría argumentarse que es imposible que una sociedad como la nuestra —amante del desorden— elija a un gobierno dispuesto a imponer el orden. Pero yo no creo que sea tan difícil, en tanto la mayoría clama por orden aun cuando sus acciones muchas veces reflejan lo contrario. Es posible, aun si improbable, que un gobierno decida darle al pueblo que lo eligió la dura medicina que necesita para civilizarse.

El primer paso que necesitamos dar para conseguirla es depurar nuestro idioma de conceptos erróneos —palabritas mágicas— productos de la pereza intelectual y la viveza de los políticos que lucran con la confusión. A continuación algunos ejemplos:

Represión:  un concepto que en nuestros países asociamos con la soldadesca pateando a manifestantes pacíficos. No es ilógico que así sea considerando nuestra historia de dictaduras militares y sus flagrantes violaciones a los derechos humanos.

Sin embargo, la represión es también la función central de cualquier gobierno. Recuérdese que el principio fundamental de una sociedad libre es que los individuos pueden hacer todo aquello que la ley no prohibe. Por consiguiente, todo lo que no está prohibido por la ley compete a los individuos, mientras que todo lo que está prohibido compete al gobierno. El gobierno es por su naturaleza prohibicionista; está allí para evitar que los individuos hagan ciertas cosas, y evitar que alguien haga algo que desea hacer necesariamente implica reprimir sus impulsos o sus actos.

Violencia: popularmente considerado algo malo en sí mismo, independientemente de su origen, que consiste en herir a otra persona.

En realidad, la violencia en sí misma no es mala. Violencia (no diálogo, ver abajo) fue lo que liberó a Europa de los Nazis. La violencia o la amenaza de la violencia es lo que mantiene a la delincuencia bajo control. No es por nada que los policías andan con pistolas y no con animalitos de globo para los niños.

La violencia es mala cuando se origina en contra de un ente pacífico. La violencia de Hitler en contra de Polonia fue mala, no por ser violenta, sino por ser un ataque con fines ilegítimos en contra de una población pacífica. La violencia con que respondieron los Aliados fue buena precisamente porque su objetivo fue poner fin a la violencia ilegítima de los ejércitos del Führer. Quien diga que “la violencia no resuelve nada” simplemente no ha razonado correctamente.

Curiosamente, quienes se llenan la boca con este aforismo suelen ser las mismas personas que defienden actos de violencia de sus ahijados políticos. Considere quienes defienden a los manifestantes que cierran calles con piedras. Ellos le venden la idea de que la violencia consiste solamente de agredir físicamente a alguien, así que la violencia aparece solo cuando la policía desaloja a los manifestantes. En realidad, la violencia se originó al cerrar una vía pública que otras personas necesitan usar. Si usted transita por esa calle, los manifestantes le negarán el paso y si usted trata por su cuenta levantar las piedras, esto le será físicamente impedido por los manifestantes. Al final, la única forma en que una manifestación “pacífica” de este tipo puede sostenerse es a través de la amenaza o la ejecución de actos violentos en contra de quienes desean pasar.

Diálogo: se cree que es algo intrínsicamente bueno, propio de la democracia (ver abajo), a través del cual deben resolverse todos los conflictos sin importar el costo.

La verdad es que el diálogo es uno de muchos mecanismos para resolver disputas, y no siempre el indicado. El diálogo procede cuando es razonable pensar que una solución dialéctica es superior a otra que no lo es, y esto solo es posible cuando las partes que dialogan tienen la misma legitimidad, tanto moral como por su conocimiento, para aportar positivamente a la solución.

Nadie diría que es constructivo que un padre dialogue con su hijo de 2 años para “negociar” a la hora que el niño debe irse a dormir. Nadie debería proponer un diálogo entre las autoridades de una cárcel y los reos en torno a los requisitos de seguridad en la cárcel. (Aunque, increíblemente, esto pasa en nuestros países.) El niño carece del conocimiento y el reo carece de la legitimidad moral. En ambos casos, el diálogo retrasa y hace más difícil encontrar una buena solución.

Democracia: el máximo valor de nuestra sociedad; se cree que es el único sistema de gobierno moderno, bueno y apropiado para desarrollar las naciones y preservar los derechos humanos.

En realidad, la democracia no es un sistema de gobierno ni un valor moral (como la justicia lo es, digamos) sino una forma de tomar decisiones. Nuestros países no son democracias sino repúblicas. Una república susceptible a decisiones democráticas, sí, pero no una democracia pura donde la mayoría decide sobre todos los aspectos de la vida.

Una república establece (sabiamente) límites a lo que las mayorías pueden decidir en un momento determinado. Sin límites, las mayorías pueden violentar los derechos de las minorías o, en momentos de gran pasión, tomar decisiones inmorales propias de las turbas. Piénsese en El Terror después de la Revolución Francesa —este es el perfecto ejemplo de una democracia pura en acción.

Aunque nuestra república sea democrática, el ejercicio democrático es limitado en tiempo y alcance. El tiempo es aquel en que elegimos a nuestros representantes, quienes usarán su propio criterio (no el nuestro) para decidir sobre cuestiones públicas. El alcance es aquel delimitado por la Constitución. No puede el “pueblo” ni sus representantes hacer aquello que la Constitución no permite, aunque la Constitución misma puede ser modificada a través de un procedimiento que requiere más tiempo y deliberación que la aprobación de una ley ordinaria.

Recuérdese esto cada vez que una turba exija cierta decisión de algún ministro, o que una “consulta popular” dictamine que no aprueba de cierta actividad privada, o que la democracia es un fin en sí mismo cuando en realidad es solo un medio, y que como cualquier medio puede usarse para fines moralmente reprobables.

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Written by craguilar

julio 4, 2012 at 12:37 pm

Publicado en Política

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John Galt no es ni jamás será candidato

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Más randiana que Ayn Rand salió Marta Yolanda Díaz-Durán cuando opina que quien votó por el “menos peor” asume “la actitud sumisa de quien ha sido educado como súbdito.” Esto ha de ser noticia para casi todos mis conocidos que hicieron precisamente eso —votar por el menos peor— usando la misma voluntad individual, libre y soberana que Marta Yolanda usó para quedarse en casa felicitándose a sí misma por su pureza intelectual.

Quienes han leído este blog saben que no le rindo culto a la democracia ni mucho menos, pero igualmente ridícula me parece la pretensión de los pastores seculares que ven un “suicidio moral” en votar por cualquier candidato que muestre alguna divergencia con la catequesis liberal. La realidad política aquí y en todas partes es la de compromisos —la búsqueda de aquellos acuerdos viables que nos parecen menos repugnantes. Y lo que es viable en una sociedad democrática va a ser distinto de lo que es perfecto en la opinión de cualquiera de sus miembros. Para cumplir con el estándar imposible de Marta Yolanda, Guatemala debería ser un parlamento con 14 millones de diputados, donde cada votante vota sólo por aquel candidato con quien tiene plena coincidencia de principios y valores, es decir, por sí mismo.

Me pregunto si Marta Yolanda ha pensado en lo que pasaría si toda la gente que comparte su ideología en general siguiera su ejemplo. Debería admitir que, en la actual contienda, no habría ganado Pérez sino Baldizón. ¿Le es indiferente esta elección? Cambiemos hipotéticamente al segundo candidato para hacer un reductio ad absurdum. Digamos que la elección hubiera sido entre Pérez y Fidel Castro. ¿Aquí también se habría abstenido Marta Yolanda de cometer “suicidio moral” al votar por Pérez? Siguiendo la lógica de Marta Yolanda, en la contienda Pérez/ Castro, nosotros los que “protestamos como hombres libres” deberíamos quedarnos en casa y entregarle el país a un dictador comunista.

Evidentemente, mi negativa a votar por quien percibo es el mejor candidato incrementa la probabilidad de que gane el peor candidato desde mi punto de vista. Si los liberales nos abstenemos de votar por cualquier candidato que no sea un John Galt entonces estamos promoviendo indirectamente al candidato más alejado de ese ideal. No entiendo cómo nos acercaríamos de esta forma a la reforma del Estado Benefactor/Mercantilista que Marta Yolanda tanto menciona.

Written by craguilar

noviembre 7, 2011 at 1:01 pm

Obras Sin Palabras son insuficientes

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Como en el matrimonio, la democracia requiere de comunicación para su buen funcionamiento. En el hogar no basta con que cada cónyuge haga lo que le corresponde sin mediar palabra, ni en el gobierno basta con que los funcionarios actúen sin informar a la ciudadanía. En ambos casos, la falta de comunicación conduce al fracaso.

El voto no es un cheque en blanco ni constituye una cesión del derecho a estar informado sobre la acción pública. El funcionario electo es un agente administrador de algo que no le pertenece. En una empresa no esperamos que un gerente, en virtud de su empoderamiento para tomar decisiones sobre recursos ajenos, deje de rendir cuentas a sus dueños. Sin embargo, es un síntoma de la Tragedia de los Comunes que toleramos esto en el ámbito público.

Álvaro Arzú es el político guatemalteco que mejor personifica esta actitud, aunque no es el único. (Álvaro Colom puede manifestarse más abierto a la prensa pero protagonizó una lucha encarnizada en contra de quienes buscaban abrir los libros de Cohesión Social.) En los más de 30 años que Arzú lleva dirigiendo recursos públicos en alguna función u otra, pareciera que la principal lección que ha aprendido es que rendir cuentas y justificarse públicamente es una pérdida de tiempo. En efecto, el slogan de su campaña —”Obras No Palabras”— es una perfecta síntesis de esta actitud.

Si bien es cierto que lo opuesto (Palabras y No Obras) es la depreciada moneda de curso en la política, la consigna de Arzú no es la única alternativa. En una democracia, se requiere de Obras Y Palabras.

Palabras sin obras es el proceder del charlatán, del politiquero mentiroso que al estilo Baldizón vende promesas imposibles de cumplir. Pero obras sin palabras es el proceder del autoritario, del hombre fuerte que impone su voluntad sin dar explicaciones porque se cree dueño de aquello de lo que sólo es un administrador y subestima el derecho de los legítimos propietarios a conocer sus manejos.

Ni que el autoritario sea electo democráticamente lo hace menos autoritario. No es el origen sino los límites sobre el ejercicio del poder que determinan su verdadera vocación.  No venga alguien a decirme que el Hugo Chávez que decreta a su antojo y se comunica con los venezolanos solo a través de medios oficiales es un demócrata porque ganó un par de elecciones.

Más allá de la necesaria rendición de cuentas, el funcionario está obligado a justificar sus decisiones y a enfrentar la crítica que proviene directamente de la ciudadanía y la prensa independiente. Es imposible que encuentre semejante oposición en su círculo de colaboradores. Cuando Lord Acton dijo que “el poder corrompe…” se refería en gran medida al efecto que sobre los gobernantes tiene el estar rodeados de cortesanos que sólo asienten y justifican las decisiones post hoc. Los gobernantes que se cierran a la crítica y al debate se enfrascan en una cámara de eco donde lo único que puede ocurrir es que se distancien cada vez más de las demandas e inquietudes de sus electores.

El verdadero estadista buscará persuadir a los demás con su visión. Winston Churchill no dejó de hacer discursos cuando terminó su campaña política. Sus discursos más memorables no son de campaña sino discursos que dio como gobernante para convencer a su pueblo que debían seguir el camino que él había trazado. ¿Qué habría pasado en la Segunda Guerra Mundial sin este discurso o sin los Fireside Chats de FDR? ¿Se habría reunificado Alemania sin esta o esta exposición pública de intenciones?

Es difícil imaginar la historia de las grandes democracias occidentales sin grandes comunicadores. Los únicos países donde se hacen cosas “grandes” a espaldas del pueblo es en dictaduras totalitarias. Mao no tuvo que dar discursos para justificar su Gran Salto Adelante. Los mayores horrores del Siglo XX pueden atribuirse en parte a la filosofía de Obras No Palabras, porque hay obras tan abominables que ninguna cantidad de palabras puede justificar, así que ¿para qué intentarlo? Ese es el desafío que las palabras imponen al gobernante: la necesidad de dotar de lógica y valores morales a aquello que se disponen a hacer con el poder que condicionalmente ostentan.

Written by craguilar

julio 4, 2011 at 12:56 pm

Hayek y Rand

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En su columna de hoy, Álvaro Velásquez coliga a F.A. Hayek y Ayn Rand como “dos variaciones del mismo tema.”  Esto sorprendería tanto a Hayek como a Rand, quienes en vida se vieron como antagonistas.  

Rand creía en una ética objetiva y criticaba con vehemencia a cualquiera que afirmara –como Hayek- que la ética no era objetiva, racional o instintiva sino el producto de un proceso evolutivo.  Hayek creía en el rol del Estado en garantizar una red de seguridad para los más necesitados, mientras que Rand rechazaba dicho rol. Hayek no era un individualista puro porque reconocía la importancia de las normas sociales, las cuales a su parecer moderan la voluntad individual en función del bien social. En estos y otros temas, ambos pensadores tenían profundas diferencias, las cuales Velásquez ignora o cree erróneamente que carecen de importancia.

En realidad, la visión de Hayek es radicalmente distinta a la de Rand en cuanto a los preceptos morales que deben guiar a las personas, aún si ambos coinciden en que el sistema de libre mercado es superior a las alternativas.  Ambos llegan a esta conclusión partiendo de un previo análisis moral y ético, de la misma forma que Adam Smith defendió al capitalismo después de desarrollar su Teoría de los Sentimientos Morales. Leyendo a Velásquez, uno se lleva la impresión de que estos análisis estuvieron al servicio del capitalismo, como si se hubiesen desarrollado como justificación ad hoc de este sistema, lo cual es históricamente incorrecto.

Velásquez escribe: “cuando ambos autores hablan de derechos individuales se refieren en esencia a los derechos de propiedad y cuando hablan de libertad se refieren a hacer lo que cada quien guste, en estricta competencia con los demás.” Esta es una lectura parcial y estrecha del concepto de derechos individuales, los cuales realmente proceden del que se llamó Derecho Natural por Tomás Aquinas, John Locke y otros.  Éste se entiende como un derecho que, contrario al derecho positivo que es creado por el hombre,  es innato al ser humano y, para los redactores de la Declaración de Independencia de los Estados Unidos, imbuido por Dios.

No hay nada sobre el derecho a la propiedad que induzca a las personas a preferir la competencia sobre la cooperación. Es precisamente el ejercicio del derecho a la propiedad que da lugar al sistema de precios, y el sistema de precios da lugar a la cooperación extensa para asignar recursos dispersos a los objetos de producción más valorados por la sociedad.  Tampoco la libertad es que “cada quien haga lo que guste” si esto entra en conflicto con las normas sociales. Hay una diferencia entre que el Estado me imponga fines particulares (colectivismo) y que,  para asegurar la convivencia pacífica de todos en la sociedad, regule los medios que uso. Debe notarse también que los fines, por ser individuales, no son necesariamente egoístas y que el altruismo es perfectamente compatible con los derechos individuales (aunque no con la filosofía moral de Rand.) De hecho, hay quienes argumentarían que el verdadero altruismo sólo puede existir en el marco de la libertad porque la coacción elimina la capacidad de elegirlo.

Lo que molesta a Velásquez parece ser la contradicción entre la primacía de los derechos individuales y la existencia de “derechos sociales”, y en esto él tiene toda la razón; dicha contradicción es infranqueable. Un sistema de gobierno que blinde a los derechos individuales necesariamente debe frenar el absolutismo democrático que coloca a la voluntad de la mayoría como la autoridad moral suprema. Lo que Alexis de Tocqueville denominó “la tiranía de la mayoría” ha sido contenido, en las sociedades más exitosas del planeta, por límites constitucionales basados en los derechos individuales.  En contraste, los despotismos más crueles y miserables han sido aquellos que victimizan la conciencia individual (la única conciencia que realmente existe) por los designios de un gobierno central que siempre dice representar los deseos “populares” e invariablemente se justifica en algún trámite plebiscitario. Aquí Velásquez argumentaría que estas no fueron realmente democracias, sólo fingían serlo, replicando las excusas de los socialistas del siglo XXI sobre las implicaciones del fracaso del socialismo real del siglo XX.

¿Qué le ofrece Velásquez a las minorías si no el respeto irrestricto a sus derechos? Que no deben sustraerse “sino involucrarse en la democracia a través de partidos y asociaciones, en competencia y cooperación.” Básicamente, si no puedes vencerlos, únete a ellos.  Velásquez quiere un mundo donde todo está en juego –la vida, la libertad y la propiedad. Todos deben tener representación política si no quieren que por edicto democrático se les arrebate lo que les pertenece, y precisamente aquí yace el punto central de Velásquez –te pertenece lo que la democracia dice que te pertenece y nada más. Según él, dejar ciertos derechos fuera del cernedor democrático es “elitista” y un privilegio de clase aún si se garantizan para todos. En su jungla democrática, si tu partido o asociación no maniobra exitosamente “en competencia y cooperación” con los demás actores políticos,  no tienes otro recurso que buscar el favor de quien o quienes hayan sido empoderados por la mayoría. Sólo los caudillos ávidos de poder y sus allegados desearían vivir en una sociedad organizada de esta forma, que es, ahora que lo pienso, una buena descripción de cómo funciona Guatemala.

Written by craguilar

marzo 4, 2010 at 2:36 pm

Legislación Estéril

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“Entre un pueblo generalmente corrupto la libertad no puede existir por mucho tiempo.” Edmund Burke entendía bien los límites de la democracia. Pero la generación latinoamericana que sucedió a las dictaduras militares no lo entiende, por eso confunde los fines con los medios, y pone a un simple método para tomar decisiones políticas -la democracia- en el altar que le corresponde a la libertad y la justicia.

Lo que nos enseña la historia es que es muy posible tener una democracia sin tener libertad ni justicia. Es posible tener un gobierno representativo y simultáneamente irresponsable. Es posible, además, participar con la mayoría en la imposición de una tiranía de la mediocridad que ofusque cualquier posibilidad de desarrollo.

Lo que distingue a las democracias exitosas de las fracasadas es la capacidad que tienen los ciudadanos de gobernarse a sí mismos. La escritora feminista, congresista y embajadora Clare Booth Luce explicó:

“Toda la historia testifica el hecho de que no puede haber virtud pública sin moralidad privada. No puede haber buen gobierno sin una buena sociedad. Y no puede haber una buena sociedad a menos que la mayoría de individuos en ella estén por lo menos tratando de ser buenas personas. Esto es especialmente cierto en una democracia, donde los líderes y representantes son escogidos del pueblo, por el pueblo. El carácter de un gobierno democrático nunca será mejor que el carácter de las personas que gobierna.”

No podemos esperar conformar un gobierno de personas éticas si la sociedad de la que proceden está integrada es su mayoría por gente corrupta. La gente corrupta elige gente corrupta. La corrupción misma es un atributo atractivo o deseable entre gente corrupta. El líder de los reos es aquel que entre todos los reos es el mejor asesino o ladrón.

Desde esta perspectiva es muy fácil comprender el consumado fracaso de las Comisiones de Postulación y predecir el fracaso de otros intentos de parte de minorías educadas y éticas por establecer leyes que “compongan” a Guatemala.  Podemos diseñar, legalmente, un país moderno y exitoso, pero si sigue siendo habitado mayoritariamente por personas ignorantes y/o inescrupulosas no servirá de nada; seguirá siendo un estado fallido. Sería como poner a un ciego a manejar un Ferrari o, más precisamente, enviar a todos los guatemaltecos a vivir a Suiza (en poco tiempo, harían de éste un país pobre y violento.)

Written by craguilar

octubre 2, 2009 at 8:04 pm

OEA: Democracia es para Honduras, No para Cuba

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La defenestración de Mel Zelaya fue un acto heroico de los hondureños en defensa de su Constitución.

No hay duda de que el émulo de Chávez estaba violando la ley: ésta es muy clara en que el proceso para reescribir la Constitución puede ser iniciado por el Congreso mas no por el presidente. Tanto la Corte Suprema de Justicia como el Congreso se pronunciaron en congruencia. Cuando el Gral. Romeo Vásquez Velásquez le indicó al presidente que se rehusaba a coadyuvar sus pretensiones ilegales, el presidente lo despidió. Cuando la Corte Suprema le instruyó que lo restituyera, Zelaya se rehusó.

A diferencia de pasados golpes de estado, en esta ocasión el Ejército no colocó a uno de los suyos al mando, sino que siguió la ley empoderando provisionalmente al presidente del Congreso. Éste ha declarado que las elecciones populares se realizarán normalmente en noviembre de este año. Todo esto no cuadra con el cuento de una dictadura militar a la antigua.

Pero esto no convence a Hugo Chávez, quien fiel a su estilo circense ha azuzado los perros de la guerra (“llegó la hora del pueblo”) y puso en alerta militar a su propio ejército. Además culpó a su habitual chivo expiatorio -los Estados Unidos- a pesar de que en este conflicto Obama se puso del lado de Castro, Chávez y Zelaya. La OEA, también, defendió a Zelaya con el argumento espurio de que se estaría violando la Carta Democrática Interamericana.

Mi detector de ironía casi explota. Tome, por ejemplo, las declaraciones condenatorias de Chávez, un militar golpista él mismo. En 1992 él encabezó una malograda intentona en contra del gobierno democrático de Venezuela. ¿Alguien cree que Chávez, de haber sido exitoso, habría entregado el poder al Congreso como lo hizo el ejército hondureño? A las pruebas me remito.

Bajo José Miguel Insulza, la Organización de Estados Americanos se ha convertido en un organismo que defiende incondicionalmente a los poderes establecidos, sin miramentos éticos pero con un decidido sesgo ideológico. En Guatemala no podemos olvidar que la OEA se puso de inmediato en el bando de Álvaro Colom en el caso Rosenberg (a propósito, ¿ya encontraron a los culpables?) Todos sus pronunciamientos dicen basarse en la democracia, ese falso valor supremo y supuesto fin en sí mismo que ha sustentado algunas de las peores dictaduras, desde Hitler hasta Chávez. Pero aun si creyéramos en el absolutismo de la democracia, debemos exigirle a la OEA un poco de consistencia, porque ¿cómo explicar que este organismo que hoy condena a Honduras le haya dado un espaldarazo a la dictadura más antigua de América Latina?

Insulza es un astuto burócrata que sabe que debe complacer a la turba izquierdista que hoy dirige a América Latina para conservar su lucrativo puesto. Los hondureños que expulsaron a Zelaya no están motivados por el lucro sino por el patriotismo. Debe apoyarse a la institucionalidad hondureña y rechazar a los chavistas que buscan perpetuarse en el poder para hacer de todo el continente un gran gulag socialista.

Written by craguilar

junio 29, 2009 at 10:34 pm

Publicado en Política

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