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La Importancia de la Cultura

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La pobreza o riqueza de las naciones es principalmente una función de la cultura. Los recursos naturales no son determinantes (si lo fueran, Hong Kong y Singapur serían pobres y Venezuela sería rico.) Las costumbres, hábitos e instituciones de las sociedades son lo que marca la diferencia, como lo explicó magistralmente David Landes en su libro The Wealth and Poverty of Nations.

Traigo el tema a colación por que acabo de leer este excelente artículo de Jonah Goldberg que contradice la tesis principal de los intelectuales de izquierda, quienes creen que la vía al desarrollo va por “democratizar” la propiedad, o sea repartir la tierra y otros bienes de capital.

Esto entra en conflicto con los hallazgos de un estudio del Banco Mundial del 2006 que encontró que de toda la riqueza del mundo, solo el 5% proviene de “capital natural” (recursos naturales) mientras que el 77% es “capital intangible.”

¿Qué es capital intangible? Es esencialmente la cultura. Todo aquello que le permite a un pueblo como el suizo —sin salida al mar, ni colonias, ni grandes extensiones de tierras cultivables o metales preciosos— ser el más rico del mundo, per capita. Si queremos encontrar una salida a nuestro subdesarrollo debemos identificar aquellos patrones culturales que los suizos poseen y nosotros carecemos. ¿Somos puntuales como los suizos? ¿Somos veraces y confiables en nuestras negociaciones? ¿Somos limpios y ordenados y respetuosos del ornato en nuestras comunidades? ¿Valoramos la educación y la industria más que al ocio y el consumo?

En la era de los magnates de la informática y las telecomunicaciones es un anacronismo hablar de repartición de tierras. Ciertamente puede extraerse riqueza del suelo, pero hoy en día se hace principalmente gracias a avances tecnológicos aplicados en el desarrollo de semillas mejoradas. La riqueza está en ese conocimiento —patentes— más que en la tierra, que en todo caso es escasa en países pequeños como los nuestros. En vez de cansadas promesas de reforma agraria, debemos ayudar a los más pobres a través de la educación, tanto académica como cultural, para que las futuras generaciones tengan las herramientas intelectuales, los hábitos y las costumbres necesarias para crear riqueza.

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Written by craguilar

agosto 10, 2012 at 10:27 am

Publicado en Política

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Miseria cultural

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En el pasado he opinado en este blog que, más que cualquier otro factor, la cultura es responsable del atraso o desarrollo de las naciones.  El DRAE la define así: “Conjunto de modos de vida y costumbres, conocimientos y grado de desarrollo artístico, científico, industrial, en una época, grupo social, etc..” Eso – modos de vida y costumbres- determina el avance relativo de una sociedad como no lo puede determinar sistema económico o tipo de gobierno. Edmund Burke escribió que “las costumbres son más importantes que las leyes. Sobre ellas, en gran medida, dependen las leyes. La ley nos toca sólo aquí y allá, y de vez en cuando. Las costumbres son las que complican o suavizan, corrompen o purifican, exaltan o degradan, nos barbarizan o nos refinan, por una operación constante, uniforme e insensible, como la del aire que respiramos.”

Reflexionaba sobre esto en mi viaje a Guatemala desde San Salvador, cuando en ese indecoroso óbice que es Barberena tuvimos que detener nuestra marcha durante más de una hora debido a un “desfile de caballos”, según nos lo informó una amable vendedora de chiles.  En este punto, no existen rutas alternas a la ciudad. No tengo nada en contra de las celebraciones autóctonas, pero ¿acaso justifican inhabilitar a la carretera Panamericana por tanto tiempo? Los policías que estaban presentes se limitaban a observar, habilitadores oficiales para esta actitud — tan prevalente en nuestra sociedad– que subordina el bien común a los antojos de unos cuantos. Es la misma actitud que observamos en las manifestaciones públicas como las que protagonizan regularmente los maestros y a veces hasta en las procesiones católicas, donde se paraliza a la ciudad con tal de acomodar intereses y costumbres sectarias.

Parqueado en mi carril esperando a que se empezara a mover la cola, vi como nos pasaron muchos carros y buses que iban contra la vía para adelantarse pocos metros. Eran conductores insensibles al caos que provocarían cuando se reestableciera el tránsito y se toparan de frente con los vehículos que iban en dirección contraria. Una moto que iba colándose entre los carros chocó a mi carro con su escape. Le bociné, pero el motorista siguió su ruta sin tan siquiera voltear la mirada. Me causó un abollón que costará cientos de quetzales reparar, pero eso a él no le importa. Él es irresponsable y egoísta, lo cual es perfectamente normal.

Si nos ponemos a pensar en las transgresiones cotidianas que definen el subdesarrollo de nuestros países, muy pocas veces nos vamos a topar con el gobierno, el cual -por supuesto- es cómplice y copartícipe mas no el singular culpable. No es el gobierno el que tira la basura en la calle, ni el que se da a la fuga después de provocar un accidente, ni el que siempre llega impuntual a sus citas, ni el que elige funcionarios incapaces adrede, ni el que busca atajos poco éticos y ganancias ilícitas en todos los negocios.  Cuando los gobernantes son culpables de estos actos no hacen sino confirmar que pertenecen a nuestra sociedad y participan de sus costumbres.

¿De qué sirve la libertad y la democracia para personas que no saben gobernarse a sí mismas? Burke escribio que “la sociedad no puede existir a menos que en algún lugar se encuentre un poder que controle la voluntad y los apetitos, y entre menos se halle en el interior, más deberá provenir del exterior.” Y en su carta a los sheriffs de Bristol, en 1777, sentenció que “en un pueblo generalmente corrupto, la libertad no puede perdurar.”

Written by craguilar

enero 7, 2009 at 11:09 am

La exégesis de nuestro subdesarrollo

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GanadoHay algo triste y desalentador en la protesta que salió del Obelisco el día de ayer. Me refiero a la “gran marcha” -como la denominó Joviel Acevedo- organizada por el gobierno de Álvaro Colom para promover su cebado presupuesto. Aunque estuviera de acuerdo con sus fines (no lo estoy), me decepcionaría ver que, para que la gente participe en una marcha por una causa que le favorece, hay que pagarle.

Estas son personas del campo que no pagan impuestos pero consumen bienes públicos. No tienen idea de lo que el presupuesto y el incremento en impuestos significará para la economía nacional, salvo que les dará un beneficio inmediato a través del programa de compra de votos de la Primera Dama. Fueron transportados de sus casas en el interior de la república hasta la ciudad sin costo para ellos, para leer consignas que alguien más escribió, y exigir lo que es esencialmente una transferencia de riqueza a su favor. Y encima de todo, ¡hay que pagarles para que lo hagan! Esta es la prueba más clara que he visto de que el guatemalteco promedio carece completamente de iniciativa.

Las entrevistas hechas a los entes vegetativos confirman esta conclusión. Mario Yat de Alta Verapaz rebuznó de esta forma: “Recibimos instrucciones de gente del Gobierno, de un señor de nombre Calixto.” Hasta para quejarse necesitan instrucciones. María del Carmen Figueroa de Coatepeque resumió el triste espectáculo así: “Nos prometieron unos centavitos y ojalá se dé.”

Allí está, para quien la esté buscando, la médula del subdesarrollo guatemalteco. Sin saberlo, la dócil mujer de Coatepeque reveló con ocho palabras lo que incontables ensayistas, sociólogos, economistas y políticos han tratado de explicar durante décadas: el ethos de la pobreza multigeneracional.

“Nos prometieron unos centavitos y ojalá se dé.”

Cada palabra guarda enorme significado. “Nos”; antecedido del omitido “ellos”, denota a aquellos poderes anónimos que controlan nuestros destinos, como los dioses de la mitología del Popol Vuh y, posteriormente, las autoridades coloniales y eclesiásticas de la Corona oscurantista. “Prometieron”; la vaga esperanza de que en virtud de la voluntad manifiesta de los poderosos recibamos algo. ¿Qué esperamos recibir? “Unos centavitos”; la exigua recompensa pecuniaria que esperaría obtener un mendigo a cambio de provocar lástima. ¿Cuán seguros estamos de que se cumplirá la promesa? “Ojala se dé”; la resignación milenaria a que somo peones sin control sobre nuestras propias vidas, sujetos a los caprichos y los engaños de los poderosos.

Para quien tiene esta filosofía de vida, la prosperidad es inalcanzable. El fatalismo, que es la actitud resignada de quien no se cree capaz de alterar el rumbo de su vida, es una epidemia en la cultura de las sociedades más pobres y atrasadas del mundo.

En su libro La Riqueza y Pobreza de las Naciones, David Landes identifica algunas características de las sociedades que se desarrollan. Una de ellas es la creación de oportunidades a los individuos y las empresas a través del fomento de iniciativa, competencia y emulación. Es imposible fomentar la iniciativa en una sociedad donde la mayoría cree que su bienestar es una función de las decisiones de otras personas.

La lección que hoy refuerzan Colom, De Colom, Acevedo y compañía es vieja y conocida en nuestro país: si quieres algo, protesta hasta que te lo den. Azota tu tacita de peltre contra el pavimento hasta que los pudientes depositen “unos centavitos” en ella. En el caso de Mario Yat y María del Carmen Figueroa, espera pasivamente en tu casa hasta que un bus del gobierno transporte tu trasero indolente al Obelisco, te pague, y entonces protesta.

Written by craguilar

noviembre 19, 2008 at 10:13 pm